Vuelta al Mundo

Enrique de Inglaterra y Meghan Markle se casan bajo la mirada del mundo

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El príncipe Enrique de Inglaterra y la estadounidense Meghan Markle, futuros duques de Sussex, se casarán este sábado en la ciudad de Windsor entre grandes fastos y multitudes, eclipsados sólo por los líos mundanos de la familia de la novia.

Horas antes de la boda, la reina Isabel II de Inglaterra nombró a Enrique duque de Sussex, conde de Dumbarton y barón de Kilkeel, respectivamente, un titulo nobiliario inglés, escocés y norirlandés, como manda la tradición.

La actriz ostentará los mismos títulos en cuanto se case.

A las 12H00 (11H00 GMT) está previsto el inicio de la ceremonia, que durará aproximadamente una hora y a la que seguirá un paseo de los recién casados en carroza por Windsor, la localidad a una hora al oeste de Londres en la que se espera la llegada de unas 100.000 personas.

Al final del paseo, de una media hora, se cerrará el telón y empezará la parte privada de la boda, con un almuerzo ofrecido por la abuela del novio, la reina Isabel II, en el castillo de Windsor y una fiesta de noche en la mansión Frogmore, gentileza del padre del novio, el príncipe Carlos de Gales.

La ciudad era un hervidero desde primera hora de la mañana. Los trenes de Londres llegaban llenos, y al descender de ellos, los visitantes se encontraban con un maravilloso cielo azul, policía fuertemente armada y “scanners” como los de los aeropuertos.

Tras superar esos primeros obstáculos, empezaron la caminata para unirse a los que pasaron la noche aquí, para buscar un lugar en el recorrido que harán los recién casados en carroza descubierta.

“Ni siquiera sé donde está Sussex. No es muy excitante, Cornualles parece mejor”, dijo a la AFP Andrew Mossford, vecino de Mánchester de 47 años, reaccionando a la noticia del nuevo título nobiliario de la pareja.

“Estuvo bien. Hacía frío pero nos tomamos unas copas, tratamos de dormir, y no pudimos”, dijo Pippa Natschall, que vino de Australia para el gran día, y pasó la noche en Windsor.

En las calles de todo el país se organizarán fiestas vecinales, al amparo de unas previsiones meteorológicas esperanzadoras, y el día acabará bien regado por la muy graciosa concesión de permitir que los pubs cierren más tarde que lo habitual.

Todo ello, rodeado de grandes medidas de seguridad, en un país que sufrió cinco atentados en 2017, con un balance de 36 muertos y decenas de heridos.

  • “Stand By Me” –

Será el príncipe Carlos quien acompañe a Meghan Markle al altar debido a la ausencia de su padre, Thomas Markle, por razones de salud y tras conocerse que se había prestado a escenificar unas fotos para unos paparazzi, un pecado capital desde que Diana de Gales murió perseguida por unos fotógrafos en París.

Tampoco estarán sus dos hermanastros, que no han ahorrado bilis contra la novia, y la única presencia notoria de su familia será la de su madre Doria Ragland, con la que pasó su última noche de soltera y con la que se desplazara en auto hasta la iglesia.

La ceremonia se ajustará a las tradiciones de la Iglesia de Inglaterra, con algún toque diferente, como el coro de gospel que cantará “Stand By Me”, y el sermón de un pastor estadounidense que promete ser más enérgico que lo habitual por estos lares.

El arzobispo de Canterbury, Justin Welby, líder espiritual de la Iglesia de Inglaterra tomará los votos de la pareja, a los que describió como “muy sencillos” y “humildes”.

Atrás quedaron los tiempos en que una divorciada estadounidense -Wallis Simpson, cuya boda con Eduardo VIII le obligó a abdicar en 1936 después de un breve reinado de 11 meses- podía hacer temblar los cimientos de una institución que ha presidido la vida del país desde la noche de los tiempos, con una breve interrupción en el siglo XVII.

  • En tiempos de Brexit, siempre queda Isabel II –

Markle será la primera mulata de la familia real que se recuerda, acercando más que nunca el palacio de Buckingham a los barrios jamaicanos de Londres, donde el enlace ha despertado también interés.

“Está muy bien que esta persona llegue a la familia real, nos da sentido de pertenencia”, dijo a la AFP la tendera caribeña Esme Thaw en su comercio de Brixton, el popular barrio de Londres.

La boda es una gran operación de relaciones públicas para la Casa Real británica, que podía haber optado por la privacidad que sus jóvenes miembros suelen reclamar, pero que ha preferido echar mano de la pompa y circunstancia que la hacen atractiva.

Como manda el boato, la boda tendrá lugar en una lugar altamente simbólico, la iglesia de San Jorge del castillo de Windsor, un templo gótico originalmente del siglo XIII, donde está enterrado Enrique VIII, templo de la Orden caballeresca medieval de la Jarretera, que integran, entre otros, Isabel II, Felipe VI de España y el emperador japonés Akihito.

La iglesia conserva una puerta del templo original, la de Galilea, que sólo pueden usar los miembros de la familia real y por la que hará su entrada la reina cinco minutos antes del inicio de la boda.

Desaparecido el Imperio, con el Brexit en el horizonte, y un gobierno británico que suscita pocas simpatías en el mundo, Isabel II y su clan están ahí para mantener la frente alta, como demuestran las miles de personas de todo el mundo, y en particular de las antiguas colonias, que viajaron hasta Windsor.

“Mis padres vinieron a la boda de Carlos y Diana en 1981, yo tenía sólo dos años, y desde entonces seguimos a la familia real”, dijo a la AFP el indio Alan Louzado.

“Será la última boda real en un buen tiempo”, explicó Carole Ferguson, una ejecutiva de 63 años, justificando las muchas horas de viaje desde California para asistir a los fastos.

bur-al/acc

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