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Resentimiento y soberbia

El desgaste de los sistemas políticos y su incapacidad para regenerarse creíblemente ha allanado caminos para distintas ofertas políticas en el mundo. En América Latina, la lección que dejó la Revolución Cubana es que la búsqueda de una alternativa estructural al capitalismo dependiente —en la forma del socialismo estatal— no terminó engendrando una opción viable de largo plazo.

Venezuela Bolivariana tampoco consideró viable el modelo económico cubano, y optó por un capitalismo monopolista de Estado. En ambos casos, las estructuras políticas que complementan sus economías tendieron, inercialmente, a terminar en el autoritarismo político.

El discurso que justificaba ambos proyectos partía de la oferta de destruir lo antiguo para pasar a una nueva forma de convivencia más justa y abierta. Un nuevo reparto de la riqueza estaba en puerta.

Hoy sabemos que ninguno de los dos modelos logró estos objetivos, y, para no explicar su fracaso, se cerraron a la crítica, cancelaron la prensa opositora y limitaron los órganos de representación popular. Les motivó originalmente el resentimiento hacia el pasado y la soberbia de ser portadores de un futuro luminoso.

Cuba 1959 y Venezuela 1998. En 2018 tenemos dos modelos de irrupción política basados en el desgaste de los regímenes políticos combinados con la oferta de un futuro sonriente.

Me refiero a Donald Trump, en Estados Unidos, y Andrés Manuel López Obrador, en México. Ambos supieron decodificar el descontento social con el statu quo y convertirlo en un abono electoral. Ambos enfrentan a partidos, medios de comunicación, grupos económicos y oposiciones sociales, acompañados por sus adeptos radicalizados.

Andrés Manuel López Obrador ganó en julio, y, aún antes de tomar posesión del puesto, está a la ofensiva contra la prensa, partidos políticos y contra la clase empresarial mexicana y extranjera. Pretende domar a las fuerzas armadas e imponer en México el gobierno de un solo hombre. Donald Trump, que se empleó a fondo en las recientes elecciones legislativas, y a pesar de que no le fue tan mal, pues retuvo el control del Senado, se lanzó contra la prensa, contra los latinos y negros, contra los empresarios de su país y contra la Federal Reserve, el banco central estadunidense. 

Considera que él es el único que puede salvar a Estados Unidos de lo que, de otra manera, sería la decadencia del imperio y su dominio en el mundo.

Ambos son gobernantes intolerantes a la crítica, ultranacionalistas y proteccionistas. Estarían más cómodos si existieran murallas alrededor de sus respectivos países.

En su nacionalismo, se percibe la semilla de un fanatismo “de raza”, respetando la interpretación de cada quien su concepto de raza (blancos en un caso, pueblo en otro).

Trump se retrata con Lincoln, AMLO con Juárez. En sus concepciones económicas subyace la idea de que es mejor producir internamente lo necesario, reduciendo conexiones incómodas con la economía global.

De ahí la decisión de López Obrador de no vender petróleo al mundo y de Trump la imposición de aranceles para que no entren productos a su país. La idea es la misma.

A ambos les acosa el resentimiento con todo lo que existió antes que ellos (y se empeñan en destruirlo totalmente) y les mueve la soberbia al considerarse señalados por la historia para ser los únicos capaces de conducir sus países por un  camino distinto. Todo esto deriva, fatalmente, en la intolerancia.

 

Twitter: @rpascoep

 

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Source: Excelsior

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