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La honestidad superflua

                Cuando las virtudes flaquean, las Repúblicas padecen.

                Octavio Paz

 

México no tiene una crisis de talento, tampoco de valores y principios. El problema radica en que ni valores ni principios se reflejan en actitudes y conductas.

México, por tanto, padece una grave crisis de virtudes, sobre todo de la más necesaria, la madre de todas, la honestidad.

Se considera a la honestidad como algo superfluo, algo de lo que se puede prescindir, que estorba, que es reflejo de debilidad, que es disfuncional.

Pero ser honesto es tener honor, conducirse con rigor extremo, cuidando la propia dignidad, es impulsar la autoestima y resistir el ejercicio de la congruencia.

Una sociedad solapadora de la deshonestidad está condenada a vivir en permanente crisis, a padecer incertidumbre y a trasmitir a las siguientes generaciones una pesada carga.

Todo lo anterior se manifiesta con mayor virulencia en la política. Ahí se refleja en una colectiva alianza de complicidades. Gobernados y gobernantes se pervierten unos a otros.

El ejemplo más evidente es confirmar cómo se elige a cargos públicos a personas con probada deshonestidad. Esa condescendencia nos está aniquilando. La honestidad no permite concesiones.

La congruencia, virtud política por antonomasia, comienza a flaquear en el gobierno de la Cuarta Transformación.

Desde luego que todo lo anterior es cultural. No en el sentido que la interpreta Enrique Peña Nieto, como
algo connatural a nuestra manera de ser y que es irremediable.

Es cultural porque corresponde a tradiciones y prácticas arraigadas históricamente, pero que sí se pueden modificar como lo han hecho muchas naciones.

El primer obstáculo a vencer radica al argumentar que “todos lo hacen”, frase que niega el libre albedrío y nos convierte en seres inertes. Me recuerda el verso del gran
poeta Paul Geraldy. “¿Qué significa Dios mío que seamos lo mismo que son todos?”.

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Ahí está el meollo del asunto. Urge demostrar que hay otra forma de hacer política, que no estamos condenados a la deshonestidad eterna. Desde luego, es una tarea de gran aliento y profundo calado como suele decirse.

Hay etapas que podríamos calificar como destellos en nuestra historia. Pondría el caso de Adolfo Ruiz Cortines. Sin alharacas, sin estridencias, con su estilo terso, supo imprimirle a su gobierno un sello de austeridad y honradez. Un partidario suyo lo expresó con ironía: “Tanta moralidad desmoraliza”.

Hay que empezar en varios frentes. Lo más urgente es fortalecer la legitimidad de origen. La influencia del dinero en las campañas políticas no puede ser el factor de mayor peso en las preferencias electorales.

Lo expresaba el periódico del Padre Cobos hace casi 150 años en 1871 en relación con las elecciones de ese año: “¿Por qué acaso si fuiste tan patriota estás comprando votos de la peseta? ¿Para qué admites esa inmunda treta de dar dinero al que en tu nombre vota?”.

El tema da para mucho, es una tarea para toda una generación. Implica sembrar ideas básicas; sí son compatibles ética y política, aunque no todos lo practiquen. Participar en política no es deshonesto. Ciudadanía y política son compatibles y necesarias.

En el político no puede haber deslinde entre lo público y lo privado. No hay recesos en la honestidad y en el ejemplo. Es un inmenso reto y una tarea de auténticos estadistas. No frivolicemos el primer tema de nuestra agenda.

Los tiempos que vendrán van a poner a prueba nuestras instituciones y, nuevamente, los mexicanos nos haremos algunas preguntas que han sido recurrentes: ¿cuánta historia es bueno recordar y para qué? ¿Para hurgar heridas? ¿Para cobrar venganza? Ojalá alcancemos el equilibrio de hacer justicia y preservar nuestra estabilidad política.

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Source: Excelsior

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