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Vargas Llosa llamó al feminismo “el peor enemigo de la literatura”. Un Nobel contra su ignorancia

Durante junio del año pasado, la reconocida editorial Seix Barral, a cargo del sello Planeta (el más grande de habla hispana) reeditaba las memorias de Pablo Neruda: un grueso libro llamado “Confieso que he vivido”. A pesar de que muchas librerías lo catalogan como poesía, lo cierto es que esta narración se mueve por otros lugares, y en otros tonos. Logra generar la sensación de que es algo un poco incasillable. Pero también es, en todo momento, un relato confesional. No está libre de la ficción, pero el lenguaje empleado podrá hacer creer a cualquier lector que lo que está en el texto, es potencialmente real.

Esto último terminó por levantar una enorme polémica dentro del mundo de los fanáticos del poeta. Muchos lectores redescubrían en sus memorias (publicadas por primera vez en 1974), a un hombre increíblemente violento y nefasto. Según ellos, un pasaje del libro, más que sugerir, relataba de una forma cruda y sin ningún resquemor, una violación cometida por Neruda. La situación habría ocurrido en 1929. Neruda estaba en la isla de Ceilán (hoy conocida como Sri Lanka), al sur de la India. Durante esos años, él oficiaba de cónsul, y tenía apenas 25 años. La escena involucraba a una mujer del lugar que se encargaba de limpiar el balde metálico donde el poeta hacía sus necesidades durante la noche. Un extracto del libro dice:

“El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido. Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias. Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

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Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado. La llamé sin resultado. Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.

Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

A pesar de que muchos lectores, críticos, y escritores salieron en su defensa, o en defensa de la obra para encubrir al premio Nobel, otros también propusieron que hay que hacer mucho más que desdeñar solo ese acto. ¿Vale la pena seguir leyendo a estos autores? ¿Qué es realmente lo que ellos pueden entregarle a sus lectores romantizando relatos de este tipo? ¿Qué tan peligroso puede llegar a ser el lenguaje si se naturaliza una violación diciendo, solamente que “el encuentro fue el de un hombre con una estatua”?

Para el escritor Mario Vargas Llosa (quien también compartió en varias ocasiones con Neruda) la respuesta parece estar más que clara: la literatura y los actos políticos deben desentenderse. Es más, en una columna escrita por él, y publicada por el medio español El País, el peruano señala que la literatura se ha estado viendo terriblemente amenazada por los movimientos sociales actuales. Y el que sería el peor enemigo de las letras, es el feminismo.

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El autor de “Conversaciones en la catedral” comienza su texto haciendo una comparación que a muchas personas les podría parecer injusta. Habla de las severas imposiciones y castigos que la literatura ha recibido a lo largo de la historia. Primero, de parte de la violenta censura de la religión, y continúa con los sistemas totalitarios (el comunismo y el fascismo, precisamente). En ese entonces, y dentro de esas situaciones, siempre existía la enorme posibilidad de que una obra que transgrediese las normas sociales, terminara con serias sanciones para autores y editores.

La recapitulación de Vargas Llosa se detiene un momento para hacer una breve reflexión. En ésta, él propone que todo el largo combate de parte de las personas afiliadas al mundo de las artes contra estos sistemas totalitarios, han logrado generar la creencia popular de que, para que una cultura pueda generar creaciones literarias de alto nivel, es necesario que sea un campo abierto a la tolerancia de todas las ideas, formas, y enfoques posibles.

Suena sensato. Hasta conciliador. Pero todo parece derrumbarse cuando la línea de tiempo del autor termina en el feminismo. En sus palabras:

“Ahora el más resuelto enemigo de la literatura, que pretende descontaminarla de machismo, prejuicios múltiples e inmoralidades, es el feminismo”.

El famoso autor comprende al feminismo como un bastión actual de la censura. Un movimiento que planea imponer lo “políticamente correcto” antes que dignificar a la mujer. Luego, continúa con una distinción aclaratoria sobre que para él no son todas las feministas, sino las de sectores más radicales las que representan el problema. El escritor asegura que incluso hay facciones feministas que han llegado a paralizar amplios sectores de la sociedad en base al miedo. Y, termina el primer borrador de su idea sosteniendo que, bajo ese lente, ninguna gran novela escrita en toda la literatura de la civilización occidental, podría salvarse de la hoguera.

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Para sustentar sus opiniones, Vargas Llosa se apoya en un largo listado de autores: Popper, Céline, Bataille, Proust, Faulkner. Todos ellos son citados por las ideas que tienen en cuanto a la literatura, y a guiños particulares al machismo en sus obras. Por supuesto, Neruda también está entre los mencionados.

El Nobel tampoco dejó pasar a una de las obras más cuestionadas de la segunda mitad del siglo XX por su mirada estetizante del abuso. “Lolita”, de Nabokov, la famosa novela en la que un hombre mayor se obsesiona sexualmente con una niña de 12 años, y que desarrolla un lenguaje para que esta terrible relación pase desapercibida como una “amorosa”. Vargas Llosa habló sobre la columna “¿Qué hacemos con ‘Lolita’?” de la escritora Laura Freixas, quien llamó a leerla, cuestionarla, entender las dinámicas de poder que la sociedad ha logrado comprender, pero  nunca, jamás, a sacralizarla. En palabras del escritor, reduciendo por completo la discusión que la escritora planea proponer:

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“Como el análisis que hizo en las páginas de este periódico, no hace mucho, la escritora Laura Freixas, de la Lolita de Nabokov, explicando que el protagonista era un pedófilo incestuoso violador de una niña que, para colmo, era hija de su esposa. (Olvidó decir que era, también, una de las mejores novelas del siglo veinte).”

Adaptación de la novela por Stanley Kubrick/ Foto: The Samuel Goldwyn Company

Ahora, y a pesar de que Vargas Llosa propone puntos que podrían parecer increíblemente lógicos para cualquier lector (pues estar contra la censura puede ser un enganche atractivos, sobre todo en un discurso estético), parece ser que él también está obviando muchas cosas.

Los problemas del Nobel

Primero ¿hasta qué punto nos afecta como sociedad el estetizar ciertas cosas? Para aclarar un poco más el asunto: no es que esté totalmente prohibido escribir un libro, o dirigir una película que incluya una escena de una violación. Tampoco es necesario que, de existir, ésta tenga un fin puramente moralizante. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el lenguaje desarrollado en torno a estas escenas nos hace pensar, por ejemplo, que es un acto de amor, compasión y ternura? Lo más peligroso de las escenas de violencia es siempre el lente con el que se las está mirando. Hay que recalcar que sí pueden existir narraciones alejadas de la moral, y que todas pueden funcionar dentro de su propio contexto. Sin embargo, no es raro darse cuenta que existe una cierta rebeldía que está de moda. Una que propone quebrar por completo todos los límites establecidos, solo para generar una incomodidad: personajes que se sientan atraídos sexualmente a niñas menores de edad, actos dudosos de parte de personajes borrachos que nadie se cuestiona. Cosas de ese tipo. Probablemente, quienes los relatan esperan que nosotros, espectadores, podamos cuestionarnos a partir de la molestia de esos momentos. Pero, a pesar de que esto se condice con el propio discurso de la libertad estética, termina pareciendo más un enganche facilista que una jugada creativa de alto nivel.

Luego, viene algo igual de inquietante, y que Freixa logra retratar con un ejemplo imbatible ante la pregunta de si el arte debe reflejar el mal y la violencia. Su respuesta es innegable: el arte sí debe reflejar el mal. Sin embargo, muchas veces pasamos por alto el hecho de que, dentro de estos universos, el mal solo se ve reflejado a partir de la lógica de los opresores y los oprimidos. Pensémoslo bien. El daño se genera desde los poderosos: hombres, fuertes, ricos, blancos; contra sujetos que están en una clara desventaja en contra de ellos: mujeres, gente de razas históricamente oprimidas, homosexuales, personas de clase baja. Solo para buscar un ejemplo transversal, pensemos en una película que, probablemente, todos hayamos visto: Batman, The Dark Knight Rises (por supuesto, estamos hablando de la literatura, pero todo el cine es también literatura en su medida): ¿alguna vez pensaron en el hecho de que, prácticamente todos los villanos ordinarios de esa película son latinos, y casi todos los policías son blancos? Nadie exige que el mal no sea representado en ningún universo, ni bajo ciertos contextos, pero es bastante fácil proponerlo cuando uno mismo es el que está en la vereda de los opresores.

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Finalmente, parece que queda por resolver el gran tema que pone sobre la mesa Vargas Llosa al hablar de los viejos autores. Él propone, por ejemplo, a Céline, un fantástico escritor francés que fue un ferviente colaborador nazi durante los años de la ocupación, y era, por supuesto, antisemita. Sin ir más lejos de ese mismo lugar (el de los aclamados escritores europeos que hoy en día leemos con devoción), podríamos, también, pensar en Pound, el increíble poeta norteamericano que revolucionó la poesía occidental como la conocíamos, pero que también estuvo preso por sus transmisiones de radio antisemitas durante su estancia en Europa, lo que terminó por valerle ser encarcelado, y escribir los “Cantos”, su proyecto poético más famoso, privado de libertad. Sobre el primero de estos autores (y probablemente también sobre el segundo, a pesar de que él no lo mencione), Vargas Llosa asegura:

“Yo no le hubiera dado la mano a Céline, pero he leído con deslumbramiento dos de sus novelas”.

Céline/Foto: Agence de Presse Maurisse

Entonces, parece necesaria una distinción para abordar las obras del pasado: leerlas desde un punto de vista crítico, y no ético.

¿Qué significa esto?

Muchas veces, a la hora de leer o ver algo que supone un valor, pero nos incomoda, es porque lo leemos desde nuestras éticas actuales. Hoy en día hay temas y actitudes que, indudablemente en este lado del mundo, están penalizados por la moral: una violación, golpear a una pareja, o ser parte de una corriente que, conscientemente, oprima a las minorías. Sin embargo, esto no tiene por qué, necesariamente, frenar nuestro deseo de leer esas obras y lograr comprenderlas, mientras seamos críticos. Esto último no refiere a leer algo con un cuaderno de apuntes, y estando listo en todo momento para subrayar lo que está mal y deba ser censurado, sino que estas obras puedan ayudarnos a comprender cómo funciona el mundo, qué encausó a la sociedad para que dejara de permitir ciertas cosas.

Pensemos en un ejemplo sencillo. No hay ningún problema si alguien quiere comprar una novela que fue escrita y ambientada en la Alemania nazi de principios de los años ’40. Tampoco lo hay si su escritor fue un ferviente fanático. Suena horrible, ¿no es cierto? Sin embargo, el juicio desde la actualidad no debe aplicarse al pasado. Y esa novela nazi nos ayudará a comprender por qué, y cómo logramos asimilar todos los avances humanos desde el desarrollo de la guerra hasta ahora: la dignidad humana, el repudio de un régimen totalizador, la tremenda herida de Europa.

Pound/Foto: Alvin Langdon Coburn

Desde esta lectura, lo mismo podría pasar con autores como Céline o Pound.

El problema de la actualidad

Ahora, el único limitante con la distinción entre las miradas críticas y éticas, es que éstas solo pueden utilizarse para pensar el pasado. Es innegable que hoy en día los tiempos, los movimientos sociales, y la cultura como tal, exigen que ciertas inquietudes se demuestren también en el mundo del artes y de las ideas.

A fin de cuentas, parece ser que lo que pide el mundo no es tan descabellado: obras fuertes y consistentes en su contenido. Un autor siempre tendrá total libertad de poner lo que estime necesario en sus nuevas creaciones, sin embargo, esta nueva propuesta que, a Vargas Llosa podría resultarle castrante, es mucho más que eso: creativamente es una exigencia para que los autores puedan hacerse cargo de sus personajes. Y para que éstos mismos, dentro del mundo de la ficción, también puedan hacerse cargo de sus actos. Seguramente, todos nos habremos sentido incómodos alguna vez viendo o leyendo una escena innecesariamente violenta que jamás tuvo ningún peso en la trama. Y ya no tenemos por qué seguir aguantándonos la mirada machista y autocomplaciente de algunos autores.

“El topo”, de Jodorowsky, también fue ampliamente criticada durante el 2017. Su director admitió que para grabar una violación, abusaron realmente de una mujer/ ABKCO Records

Aún hay un arte que propone desafiar los límites. Y es inteligente, ambicioso, y respetable. El resto, comparar al movimiento por la liberación de la mujer con la inquisición, es rebeldía vacía.

Source: UPSOCL

MGID

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