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Un mes en precampaña: ideas y emociones

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Esta semana se agotará la mitad del periodo de precampaña de la elección presidencial que comenzó el 14 de diciembre y finalizará el 11 de febrero.

Llamar precandidatos a los tres aspirantes registrados y precampaña a sus actividades de proselitismo es un simple eufemismo, pues ninguno de ellos tiene que convencer de cosa alguna a la base de los partidos cuya nominación simulan buscar.

El balance que se puede hacer de estos primeros 25 días de actividades públicas en busca del voto por parte de Ricardo Anaya, Andrés Manuel López Obrador y José Antonio Meade es claro y sencillo: nada ha cambiado.

El candidato a vencer sigue siendo López Obrador. Ya nos dirán las encuestas si su ventaja respecto de sus rivales se amplió o se redujo, pero sospecho que la variación debe ser mínima.

De hecho, no hacen falta sondeos de opinión para sostenerlo. El tabasqueño sigue dominando la agenda de la contienda. Él es quien pone los temas y obliga a sus rivales a reaccionar y responderle.

Si quisiera, AMLO podría dejar de hacer giras y echarse en la hamaca. En tanto no cometa errores graves o no aparezcan esqueletos en su clóset o en el de sus colaboradores cercanos, arrebatarle el triunfo será verdaderamente complicado.

Por supuesto, no tiene garantizada la victoria. Es de sobra conocida su propensión al autosabotaje, pero la hipótesis de que su ventaja en las encuestas se debía a que no tenía contrincantes formales se ha desmoronado. Luego de casi un mes de precampañas, Anaya y Meade no lo han hecho tambalear.

Es más, su equipo de propaganda se ha dado el lujo de poner al aire spots en los que ni siquiera se menciona su nombre. Y dudo que haya un ciudadano mexicano con intenciones de votar en julio que no sepa a quién se refieren cuando escucha “ya sabes quién”.

Eso obliga a Anaya y Meade a cambiar de estrategia y hacerlo pronto. Hoy martes estamos a sólo 173 días de la jornada electoral.

Anaya busca posicionarse como el “cambio inteligente”, pero su principal reto es ganarse a quienes quieren el cambio a secas y cuya opción natural es López Obrador.

Meade la tiene aún más complicada: concitar el apoyo de los votantes por la continuidad, convenciéndolos que votar por él es, sí, votar por el PRI, pero no por el PRI de siempre.

Como están las cosas, la única oportunidad que tienen Meade y Anaya de reducir la ventaja que les lleva López Obrador es bajando a éste.

Porque hay una cosa cierta: si bien López Obrador no ha visto reducida su delantera en casi un mes de competencia abierta, tampoco ha crecido.

Cuando hablo de bajar a López Obrador no me refiero a las sucias tácticas de desprestigio que siempre se dan en los procesos electorales, sino de competir contra él en su propio terreno: el de las emociones.

El apoyo a López Obrador no está fundado mayoritariamente en ideas, sino en sentimientos. Por eso cuando hace propuestas que retan a la razón –“locuras”, les llaman sus adversarios– o se alía con un partido de extrema derecha, prácticamente no sufre merma entre sus simpatizantes.

En cambio, las candidaturas de Anaya y Meade están fincadas en la racionalidad. Son personas de sólida formación académica –más el segundo que el primero– que hablan idiomas y entienden la política como resultado de la construcción de acuerdos entre diferentes fuerzas políticas. Pero ninguno de los dos apela al lado emotivo del electorado.

Por cierto, esa es la razón –creo– por la que la campaña del PRI ha decidido echar mano de la esposa de Meade, Juana Cuevas, que sí tiene esa habilidad. En el caso de López Obrador, la aparición en campaña de su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, tiene el objetivo contrario: apelar al lado racional de los votantes, algo mucho menos urgente en su caso.

Lo que Anaya y Meade tendrían que hacer para bajar a AMLO es confrontarlo en el terreno de las emociones. Como digo, no ha habido idea, por muy lógica que sea, que consiga erosionar el vínculo que éste ha construido con una parte importante de los votantes y que se alimenta del rechazo a los políticos tradicionales, de los cuales, curiosamente, él forma parte.

Si Anaya y Meade –o cualquiera de los dos que prevalezca en la criba del voto útil– no logran establecer un vínculo semejante (algo harto difícil, pues AMLO les lleva dos décadas de ventaja en ello) o desgastar el que tiene López Obrador, no habrá forma de impedir que el tabasqueño se siente en la silla.  

 

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Source: Excelsior

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