El inenarrable acto de salvajismo protagonizado por una turba en Acatlán de Osorio, Puebla, cuyo nombre quiere decir lugar donde abundan los carrizos, y donde viven unos 35 mil habitantes, indica hacia dos tendencias sociales preocupantes en nuestro país.

Las notas periodísticas lo resumen así: un par de hombres llegan en una camioneta al poblado de Boquerón. Sin mayor explicación, ambos son acusados de haber raptado de dos niños al menos. La policía los detiene y retiene en la comisaría.

La turba rompe las puertas, los saca a la calle para molerlos a golpes, Luego, los rocían con gasolina y les prenden fuego. Los dos mueren retorciéndose en el rigor del fuego. No hay información de los niños, supuestamente, secuestrados.

El gobierno del estado de Puebla dice que la autoridad local no siguió los procedimientos debidos para activar “los protocolos” que ahora se dice así. Se hará una investigación. Claro.

Por encima de la ineficacia de la autoridad policial para garantizar que, en el caso de que la presunción del delito mencionado fuera válida, el caso fuera tratado de acuerdo con ley y derecho.

Pero a eso ya estamos acostumbrados. Lo peor de todo es la actitud de la muchedumbre —no muy numerosa— para asesinar de manera tan salvaje a dos seres humanos. Aunque hubieran sido responsables de algún delito grave.

Con preocupante frecuencia los actos de linchamiento, ante la incapacidad de las policías mexicanas de tramitar algún tipo de justicia, nos sacuden la conciencia. Los cursis suelen escribir que la gente se hizo justicia por su propia mano, como en la historia de Fuenteovejuna. Nadie puede llamar justicia a un asesinato cometido al amparo del anonimato de la chusma y la impunidad de una autoridad tolerante, indiferente, incapaz, cómplice.

Sí, todos estamos de acuerdo en que nuestras policías son corruptas, incapaces, lerdas, y que, según el señor
Durazo, será hasta dentro de seis años que los soldados y los marinos regresarán a sus cuarteles para que una nueva policía se haga cargo de nuestra seguridad.

Ojalá que esa nueva policía, impoluta, incorruptible, preparada y honesta, sea capaz de impedir los asesinatos disfrazados de justicia popular.

PILÓN.- Aunque, probablemente, ya sea muy tarde, alguien de su entorno debiera aconsejarle al presidente Peña que ponga fin a su tour mediático de canal en canal y de papel en papel tratando de exculpar a su administración de las fallas que todos conocemos. Una de las deficiencias mayores de este ejercicio es su sistema de comunicación, si es que existe. Uno comprende que el descenso en el índice de aceptación de Peña Nieto sea muy doloroso, sin embargo, se debe entender, también, que hay asuntos que, en la etapa final de un periodo es mejor dejarlos reposar y no tocarlos, especialmente, cuando son tan desagradables como la torpe investigación del caso Ayotzinapa o el peor manejo de la llamada Casa Blanca. Cuando Sancho Panza se zurra al pie de Rocinante, y el hedor llega a las narices del Quijote, él le da un consejo sabio a su escudero: mejor no menearlo.

 

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Source: Excelsior

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