Karime Macías Tubilla fue cayendo poco a poco. Y aunque no precisamente ella —porque sabemos que a pesar de todo no hay una orden de aprehensión en su contra—, sí su nombre, letra por letra, fue retirado de la fachada de una clínica de salud en Coatzacoalcos, Veracruz. De leerse, cual marquesina por todo lo alto, ahora el nombre de Karime quedó reducido a unos escombros que dejan unas marcas de contorno sobre la pared que, en palabras de los habitantes de la localidad veracruzana, deben ser rápidamente recubiertas. No quieren tener ninguna referencia de la que fue, por decir lo menos, una de las peores gestiones en la historia del estado. Hace unos días, también se reportó que una casa hogar, en la misma localidad, también lleva el nombre de la exprimera dama veracruzana, hoy —según sabemos—, radicada en Londres.

Los Duarte no escatimaron ni en sus robos ni en su alimento al ego. Pero no son los únicos, hay muchos más personajes de la política nacional que, además de la mala fama, también comparten su gusto por el autoaplauso: Humberto Moreira, quien ahora quiere ser diputado plurinominal, además de tener un monumento en un rincón de Coahuila, también tiene una colonia con su nombre. Lo mismo Arturo Montiel, aunque él en Chimalhuacán, Estado de México, para compensar que ya le había puesto su nombre a uno de los principales circuitos de Toluca, pero le ganó el pudor y lo quitó, sin embargo, se lo dejó a varias calles por todo el territorio mexiquense, así como el de su entonces esposa, Maude Versini de Montiel, en una escuela en, adivinen, Atlacomulco. Lo mismo el exgobernador y hoy preso, Tomás Yarrington, quien tiene su colonia en Cd. Victoria, Tamaulipas, así como varias calles con su nombre. O el “Góber precioso”, Mario Marín, a quien, como lo comenté aquí hace un tiempo: “no se conformó con un monumento ni con colonia ni con mercado, por lo que puso no su nombre, sino su imagen en un mural dentro del Palacio Municipal de la capital de Puebla. Incluso mandó poner el nombre de su mamá a lo que se conocía como la Casa Colorada (edificio dentro del cual mandó instalar la Biblioteca Panamericana Margarita García de Marín, como su esposa) por lo que ahora se llama Blandina Torres Marín, nombre que también recibieron una escuela en Cholula, dos guarderías y un hospital…”. Lo que no se esperaba Marín es que llegaría en su lugar alguien todavía más sumergido en el egotrip, así lo reporté en este espacio hace poco más de un año: “Puebla goza con esos detalles: el todavía gobernador, Rafael Moreno Valle, ya bautizó varios edificios públicos con el nombre de su abuelo (que casualmente se llama igual que él)…”.

Y como ellos hay una larguísima lista de políticos y familiares de estos que gozan de un reconocimiento autoprovisto, autocelebrado y sí, autodestruido (esto último, por sus malas obras). Lo peor de todo es que lo hacen con el presupuesto que tienen a su cargo. Y aunque a veces no es por iniciativa de ellos, tampoco es que pongan resistencia. Sobran los que se han querido lucir en sus lisonjas. Andrés Manuel López Obrador, por ejemplo, ya tiene su colonia en el estado de Guerrero. Carlos Salinas de Gortari tiene una en Ecatepec y otra en Chalco, por decir algo. A una colonia en Tijuana le darán el nombre de Enrique Peña Nieto y, según los planes, el parque de tal localidad llevará el nombre de Angélica Rivera.

Lo cierto es que la autocelebración o la zalamería no alcanzan para ganar lugares en la Historia (con mayúscula). Hay quienes sí los merecen, y eso sólo la Historia terminará por decidir. Tan sólo los hechos. En el caso de Karime Macías Tubilla, si la justicia no la alcanza, que al menos sí la toque la desazón y el disgusto que los veracruzanos (y el resto de los mexicanos) le demuestren con la cancelación de esa patética posteridad que tanto ella como su esposo quisieron adjudicarse. Que no se les recuerde por los hospitales con su nombre, sino por sus robos y omisiones. Que se les recuerde por transas, pues. Ni que merecieran un homenaje… Porque los Duarte (y muchos otros) olvidaron que a la posteridad no hay manera de robarle y mucho menos pedacitos de gloria.

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Posteridad pirata
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