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Navidad: pensar es creer
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Navidad: pensar es creer

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Navidad: pensar es creer

En esta fecha, muchos millones de personas en el mundo reaccionan de una forma tradicional para celebrar el nacimiento, de un personaje religioso: Jesús. Nacido de una madre virgen, fecundada por el espíritu santo. Sería el hijo de Dios, salvador del mundo a través de enseñanzas de cómo vivir correctamente y conseguir la ansiada vida eterna. Nacimiento anunciado a algunos reyes que desde sus respectivos países, siguiendo la señalización de una estrella, van a recibir a este niño llevándole regalos: oro, incienso y mirra. Finalmente, a los 33 años es crucificado, castigado: su mensaje no encontró anuencia en la sociedad en que realizó su misión. Pero él vivió las enseñanzas que llevaban a la salvación y por lo tanto tendría que resucitar; y la historia religiosa dice que si lo hizo.

Esta narrativa por todos conocida, es una entre las múltiples mitologías que pueblan la mente y las sociedades de todos los tiempos con fondo similar.

En la vida diaria, no creemos que un niño puede nacer de una mujer virgen, ni que alguien va a multiplicar panes y peces, sanar enfermos, o resucitar muertos, hacer que la red de unos pescadores que acababan de llegar con ellas vacías se llenen al volver a salir de pesca porque él lo quiso. La mayoría no espera nada de eso, se sorprendería o asustaría, con algo similar. Tampoco creería que otro pueda hacerlo. Lo tomaría por enfermo, loco, o mentiroso. Habría un Dios que podría hacerlo, pero en la realidad no pasa.

Existiría un ámbito para la creencia, religiosa en este caso, y otro para la cotidianeidad. Aunque personas muy religiosas, están siempre girando alrededor de los contenidos que consideran sagrados, interpretando en cuanto está la manifestación de aquello, en su vida real. La línea que separa lo imaginario de lo real puede ser borrosa con frecuencia.

El fondo racional de todo esto es que la mente es creencia, no se puede acceder a la verdad con ella, y a una parte de lo que cree se le asigna el carácter de verdad. La que siempre será parcial, casual y personal.

El cerebro, red neuronal, y su funcionamiento psíquico o mental, el alma, se configura en la experiencia de los sentidos: oído, vista, sabor, tacto etc., en las emociones que se experimentan en cada ocasión, basada en una fisiología específica de cada momento que se vive. La experiencia es de todo el cuerpoy configura al cuerpo entero con su mente psiquis o alma. El mundo es lo que hemos vivido, la opinión que tenemos de él “es” lo que hemos experimentado. Y esta experiencia queda como una respuesta repetible, bajo el supuesto que el mundo “es” eso que nosotros vivimos. Evocar ese mundo que experimentamos es otro juego neuronal, que reactiva las reacciones que hemos tenido, los diferentes planos de respuesta en que se dieron: ya sea -por ejemplo- que lo recordemos, que lo evoquemos en el relato de otro, o que imaginemos un hecho futuro.

Es “casual” porque, por azar nacimos de estos padres, en este país, cultura o nivel socioeconómico, época, donde nuestra vivencia y nuestra identidad se configuró y nos dio una creencia de lo que es el mundo y de lo que soy yo mismo también.

Lo importante es, que esta creencia, es parcial y personal. Parcial, porque da cuenta del mundo en lo que se ha experimentado de él; puede ser mucho o poco ¿pero mucho o poco desde que parámetro? Obviamente, el cosmos del que somos parte es infinito, y nosotros como especie de la Tierra, tenemos una experiencia tan ínfima de él que lo que le podemos conocer tiende a cero. Nuestro conocimiento, es reflejo, huella que el contacto con el mundo ha dejado en nuestro cuerpo en cada experiencia. Sumado, la “información” de la experiencia de otro, que consideramos a partir de nuestros recuerdos y le atribuimos un grado de verdad, según la consistencia que podamos encontrarle por nuestra creencias.

Nos configuramos en la experiencia y creemos, luego proyectamos -ese conocimiento parcial- al mundo, que en su inmensidad en realidad no conocemos, ni necesitamos conocer, a excepción de lo que tiene que ver con la mantención de nuestras vidas.

Este principio, que la mente funciona en base a creencias, se refiere a todo: la religión, la ciencia, la política, el arte. Hay diferencias entre lo que experimentamos, en forma mecánica, a través de los sentidos, de aquello que presumimos. Por cierto, el tratamiento quirúrgico de un apéndice necrosada viene de un conocimiento muy concreto de experiencias. Es diferente si además decimos que la apendicitis en particular de una persona se asocia con una depresión, que afecto su ánimo, disminuyendo su vitalidad, y por ende su defensa inmunológica, y de ahí las condiciones para la infección del apéndice, que normalmente hubiera sido capaz de mantener sana.

Otro ejemplo de creencias, son los caminos de desarrollo personal, de comprensión e integración armónica con el mundo, por ejemplo el budismo, el yoga, el mindfullnes, la medicación, los ejercicios de relajación, y las mismas psicoterapias. Comunes ya desde hace unos 30 años. En estas creencias determinadas prácticas o enseñanzas, llevarían a un equilibrio, en que la reacción ante las circunstancias de la vida sería óptima, en cuanto a respetar la existencia propia y del sistema con sentido. Verdaderos cambios de este tipo son difíciles: “Muchos son los llamados, pocos los escogidos” Alcanzar la sabiduría, a partir de ser una persona “corriente” implica un cambio que no se ve. Por eso las nombro como creencias. La pregunta fundamental al respecto es ¿si los cambios radicales son escasos vale la pena realizar estas prácticas espirituales o de desarrollo personal? Esta misma pregunta se puede hacer sobre los efectos placebo de los fármacos.

El efecto placebo no actúa sobre el daño, produce una consecuencia debido a que el organismo evoca una respuesta, en su fisiología, que se traduce en una vivencia real de bienestar, por lo tanto la persona mejora específicamente y en esa magnitud. De manera similar, las prácticas de desarrollo, espirituales, también son una experiencia real: compasión, amor o integración que beneficia, aunque sea artificialmente versus lo que sería una cambio estructural de la persona.

Karl Marx dijo: la religión es el opio del pueblo, uniendo la idea de religión y sustancias química. Afirmación crítica, llamando la atención sobre que pudiera ser un tipo de actividad que distrajera, de lo realmente importante para mejorar la situación humana. En realidad sí, la religión es una especie de opio de los pueblos en general, con un lugar importante, inherente, al ser humano, quien funciona en base a creencias. Marx, lo dijo como parte de la lucha política, es difícil pensar que se le escapara que lo suyo era igualmente creencia, y por lo tanto otro opio del pueblo. El tiempo ha demostrado, en todo caso, que como creencia, ha sido un placebo, como tal, con su lugar en el funcionamiento normal.

Para comprender esto, hay que tener en cuenta que somos seres vivos que subsistimos de acuerdo a nuestras necesidades a través del tiempo, sin aptitud para la verdad desnuda, sino al conocimiento que surge de nuestras limitadas experiencias. Y esa búsqueda, se guía por las experiencias agradables, consideradas un estilo adecuado de estar en el mundo, y se graban configurando la psiquis -mente o alma-, en conjunción cerebral-corporal; la mente es parte del cuerpo. Esta piedra filosofal, este norte, tener que sobrevivir, sin verdad, pero sí con experiencias parciales, pone en funcionamiento la elaboración de creencias de lo que consideramos bueno, en las que vamos a poner nuestra suerte, que naturalmente las tomamos por ciertas, y acompañamos con la fe –fuerza- de creer.

En la navidad la creencia es que el hijo de Dios nació de una virgen. Podemos “creer” eso, que “sabemos” que no es “verdad” en la realidad cotidiana. No creemos que pueda nacer un niño, sin espermio, sin óvulo, sin coito que los ponga en contacto, en aquella época al menos, hace 2000 años ; hoy podría nacer un niño de una virgen por fertilización asistida. Lo que se cree, en navidad, es que el nacimiento de un salvador, -para la humanidad-, no es el acto concreto del embarazo natural, como nacemos todos, de una mujer por una entidad divina, sino un nacimiento no biológico, el nacimiento de la correcta mejor forma de ser, de la consciencia, del espíritu, y eso no lo podemos objetivar pero si lo podemos creer .Así funciona la mente.

La gente sale a la calle a comprar cerros de regalos, camina horas, busca, suda, gasta, se endeuda, se enerva, mira su lista, saca cuentas, queriendo darle a los suyos una alegría. Un rito multitudinario global, una creencia, que al igual que el placebo, podríamos decir no cura, como el opio no cura, y como muchos caminos religiosos, espirituales, políticos, científicos etc. no es “verdad” (entre comillas).

Esa fiebre de gente que se echa a las calles navideñas, hace su representación personal y social, su performance, de ese nacimiento metafórico, que constituye la creencia en la navidad de Jesús; desde una madre virgen, porque no es el nacimiento de la reproducción biológica, sino uno posterior. El nacimiento, a una mirada transparente, a una apertura de la experiencia y del conocer, a una consciencia por tanto, de encuentro con el prójimo, de comprensión y armonía, en consonancia supuestamente con las leyes del universo (entiéndase Dios). Del cual solo podemos tener creencias porque, nuestra experiencia es muy pequeña para experimentarlo y obtener un saber.

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Post y Contenido Original de : El Ciudadano
http://www.elciudadano.cl/2016/12/25/347242/navidad-pensar-es-creer1/
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