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Lo daban por muerto, pero ganó bronce en México '68

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Foto: Eduardo Jiménez
JC Vargas

 

CIUDAD DE MÉXICO.

-Rocha, disculpa, tú no eres de esta categoría. Si te sientes mal o te da un mal golpe, tírate.

-¡Quítese, profesor (Casimiro) o le doy en la madre!

Al gigante Joaquín Rocha le hir­vió la sangre cuando uno de los entrenadores polacos del equipo mexicano de boxeo en México 68 le dio a entender que no por ser un grandote de más de 1.90 metros de estatura, estaría a la altura de aque­llos pesos pesados que enfrentaría el novato pugilista de 24 años en la ruidosa Arena México.

Era el debut de Joaquín, le to­caba la esquina azul. En la roja ya lo esperaba el ghanés Adonis Ray, un gladiador de ébano. “El africa­no tenía una charrasca en el rostro, porque en su tribu les daban una red y una lanza para cazar un león, cuando se hacían mayores y tenían que demostrar su hombría. A éste, el león le dejó una huella”.

El que platica lo anterior es Joa­quín Rocha, 50 años después de aquella aventura que terminaría con el mexicano arriba del podio y con la medalla de bronce colga­da al cuello. “Al ghanés lo derroté con las venas encendidas. Tenía mucho coraje por lo que me dijo el entrenador polaco a la hora de vendarme las manos y ponerme los guantes. Pero también la pren­sa mexicana tuvo parte de culpa, pues no creía en mí. Decían que era hombre muerto, que no tenía el tamaño para ser peso completo. Fueron chistosos, porque cuando gané la medalla de bronce, ahora sí publicaron: Para la historia”.

A sus 74 años regresa a la Arena México y recuerda aquellos mo­mentos imborrables. Llega a la cita con la chamarra roja que les dieron en el Comité Olímpico Mexicano, ¡hace 50 años!, y la medalla que, por puro gusto, mandó darle un baño de oro.

 Se acomoda otra vez en la es­quina azul. Suelta un jab, luego un gancho. Mira hacia las tribunas vacías y recuerda que “el zumbi­do de la gente era impresionante. Cuando salgo del vestidor y escu­cho los gritos, me detengo. Fue tal la impresión que ya me quería re­gresar. Luego, el coraje por lo que me dijo el polaco y lo que decía la prensa, tuve los suficientes tama­ños para pararme aquí y acabar con los rivales”.

Así acabó con el ghanés Adonis.

Después fue el holandés Rudolph Lubera el que pagó los platos rotos.

Sólo quedaban cuatro pesos pesados y uno era Rocha. Los otros eran el italiano Giorgio Bambini, el soviético Ionis Chepulis y un jo­vencito de 19 años llamado Geor­ge Foreman.

En la primera eliminatoria, Joa­quín vio cómo el texano de piel oscura acabó con el otro Giorgio.

 

A Rocha le tocó enfrentar al soviético Ionis Chepulis. “Pesaba 30 kilos más que yo (115), pero aún así le metí las manos. Mira, tengo un video de sólo 20 segundos en el celular. Asimilé un golpe en el primer round. En el segundo me da otro y trastabilleo. El réferi me mandó a mi esquina y luego paró la pelea. Yo tenía mucho coraje, ¿por qué la para? La gente mostró su molestia, porque yo también le pegué al soviético”.

Joaquín Rocha recibió el bronce, pegadito a George Foreman, que festejaba el oro con una banderita gringa en la diestra.

El mismo día que el Tibio Mu­ñoz se llevó el oro en la Alberca Olímpica. La misma noche que la gimnasta checa Vera Cáslavská se casó en la Catedral.

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El niño Joaquín corría entre las bu­tacas de las viejas arenas de lucha libre, mientras su papá Yaqui Rocha enfrentaba a rivales de la talla de Tonina Jackson y El Médico Asesino.

“A mi papá lo acompañaba a las viejas arenas de Tlalnepantla y Azcapotzalco. Miraba las batallas y quería subirme al cuadrilátero. Yo practiqué de todo: frontón, atletis­mo, basquetbol y beisbol. Pero antes de los Juegos del 68 me asome al Comité Olímpico Mexicano y le pedí a un entrenador una oportunidad para representar a México en los Juegos Olímpicos como boxeador. El mánager miró mi tamaño y me subió al ring para cruzar guantes con uno de sus pugilistas. Ese día lo convencí. Ahí conocí a Roldán, Delgado y Zaragoza. Muchos de­cían que estaba muy flaco para ser peso pesado y que llegaba a los juegos sin experiencia. Y mira, hasta la fecha sigo siendo el único peso completo mexicano con una medalla olímpica”.

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El Joaquín Rocha de hoy comenta que en aquellos juegos de México 68 le hubiera gustado enfrentar a George Foreman. “Nos hubiéramos dado un quien vive”.

Recuerda que durante el pesaje de los pesados, se paró a un lado de aquel jovencito de 19 años y Antonio Roldán, en son de bro­ma, les pidió que se pusieran en guardia para la foto del recuerdo. El sorteo en semifinales los man­dó por diferentes rumbos, aunque se volvieron a acercar en el podio.

Después de los juegos del 68, yo seguí entrenando y trabajando. Estudié en la Superior de Comercio y al mismo tiempo buscaba llegar a los juegos de Múnich 72. Faltando un mes para el viaje, me manda­ron decir que los pesos pesados no iríamos. Así de fácil”.

A Joaquín le ofrecieron un con­trato por 125 mil dólares para pe­lear profesionalmente en Osborne, Kansas City, “pero mi esposa me dijo ¿y luego, qué? Comencé a tra­bajar en Recursos Hidráulicos, el ISSSTE y otros lugares. Mantengo la casa que me regaló el presiden­te Gustavo Díaz Ordaz, así como el reloj. El taxi ya lo voy a vender. Mira, hasta guardo la chamarra de hace 50 años”.

El rumbo de Foreman fue dis­tinto. Big George se hizo profesio­nal en 1969, le arrebató el cinturón mundial de los pesados a Joe Fra­zier (¡lo tumbó seis veces en dos asaltos!) en 1973. Demolía a sus oponentes en un tris, hasta que el 30 de octubre del 74, en Zaire, se le ocurrió exponer su cinturón ante un veterano como Mohamed Alí.

En aquellos Juegos del Méxi­co 68, a Joaquín Rocha le hubiera gustado enfrentarlo.

cva

 


Source: Excelsior

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