Tengo la fortuna de tratar a gente inteligente y juiciosa que, a pesar de ello, no ha sido capaz de aclararme cuál fue el momento preciso en que el deporte, entendido como la manera de desfogar el fiero instinto de vencer en una lucha a los demás para recibir el reconocimiento del resto de la manada, se convirtió en un instrumento de la política y de la economía para ser, a la vez, un distractor y un buen negocio.

Tal vez siempre fue así; después de todo, el circo romano, como dijo Juvenal, fue para divertir al populacho a fin de que no pensara en los problemas de la molesta cotidianidad y se ocupara, en su lugar, de la vida y la muerte de los contendientes en la arena. Las guerras floridas de nuestros ancestros americanos tenían la misma función distractora.

El boxeo tiene tradición antiquísima y los combates eran casi siempre hasta la muerte del contrario, lo mismo en África del Norte que en Grecia del sur. Sin embargo, en los siglos XIX y XX, especialmente en Inglaterra e Irlanda, es donde esta masacre entre humanos, que se mataban, literalmente, a mano limpia, se populariza. Gracias a un factor inevitable, las apuestas.

El siglo pasado es cuando el deporte se transforma en un espectáculo masivo —en gran parte gracias a la televisión— sustentado por el dinero que las casas de apuestas mueven mundialmente. Este fin de semana que acaba de pasar documentó esta realidad indiscutible. La llamada pelea de Julio César Chávez, hijo de su homónimo padre que fue excelente boxeador, no fue más que un gran negocio de otro muchachito maravilla, Óscar de la Hoya, quien, si no convenció con la fuerza de los puños, resultó ser un promotor del boxeo, un empresario casi tan hábil y mañoso como George Parnassus. Su negocio redondo con el humillante espectáculo que dio el joven Chávez todavía no terminaba del todo, cuando ya estaba anunciando el próximo encuentro de El Canelo Álvarez en contra del kazajo Gennady Golovkin, que se había firmado semanas antes del ridículo de Las Vegas.

Por esa extraña conjunción sideral que este tipo de eventos deportivos provoca, la llamada liguilla de los torneos cortos del futbol profesional de México, “casualmente”, nos aporta esta semana dos taquilleros encuentros, de los llamados clásicos. El Atlas de Guadalajara contra las Chivas y los Rayados de Monterrey contra los Tigres de Nuevo León. Entradones, cerveciza, comerciales y grandes ganancias en las casas de apuesta. Para la casa, claro.

Qué casualidad. Algo debe haberles funcionado mal a los operadores —aunque yo creo que fue intencional— para que el América y su próximo desempleado entrenador, Lavolpe, quedaran fuera de este circo final.

No sé si lo peor de todo esto sea el tener que reconocer que esto ya es irreversible. Todo lo que nos ocupa y preocupa es un negocio, y un negocio de millones de pesos o millones de dólares. Y como en la raíz de este asunto reside la corrupción y la impunidad, ni para dónde hacernos.

PILÓN.- Jorge Castañeda Gutman tiene el mérito de haber sido el primer mexicano en batir tambores en favor de las candidaturas llamadas independientes a los puestos de elección popular. Desde luego que no son independientes, pero, en lo formal, se apartan del patrocinio explícito de un partido político. Lo más importante que hizo Castañeda es poner al descubierto el desencanto que la partidocracia mexicana nos ha recetado. Su intento de lograr la Presidencia de la República por ese camino no fue viable. Sin embargo, en la cauda de su movimiento, un incapaz como Jaime Heliodoro Rodríguez se hizo de la gubernatura de Nuevo León con la piel de cordero de los independientes.

Castañeda acaba de anunciar que se retira de ésa que fue su causa durante más de un decenio. Apoyará el esfuerzo hacia la Presidencia del senador “independiente” Armando Ríos Piter. El asunto aquí es que el sistema lo que quiere es que haya muchos candidatos independientes para que no haya ninguno.

Ya veremos.

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Post y Contenido Original de : Excelsior
La arena estaba de bote en bote
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