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Heberto y Gilberto

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De entre los políticos mexicanos vivos, ¿quién me causa admiración, quién me provoca cierta filia o respeto? Yo mismo me contesto: ninguno. La respuesta debo elaborarla para mí mismo, pues, ¿con qué derecho habría de plantearla a un hipotético lector que tenga en este momento frente a sí este texto? Así pues, asumo como propia esa duda y trato de dilucidarla, en mi fuero interno, en los términos más llanos posibles.

Y, en efecto, en esta coyuntura política no existe algún líder social cuyo programa, planteamientos o postura me represente cabalmente. Parcialmente, quizá. Escribo, pues, en singular, pues no podría hacerlo, bajo ninguna circunstancia, abrogándome la voz de nadie. ¿Quién soy yo para referirme en colectivo a un razonamiento tan subjetivo, tan personal?

Esta cuestión de hallar en el mundo político alguien respetable viene dándome lata desde hace tiempo, años en que abandoné algún tipo de militancia que me haya llevado a pensar que mi propia bandera resultara de interés general.

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Sí, durante mis años universitarios en la llamada máxima casa de estudios —de la preparatoria a la facultad— participé de una manera activa en el movimiento estudiantil que pugnaba por conservar la gratuidad de la enseñanza pública. Y considero que, gracias a la lucha compartida con muchos compañeros cuya amistad todavía conservo, ese cometido se logró y se mantiene, por lo menos hasta ahora.

Pero el asunto de la admiración política viene a cuento porque acaban de cumplirse diez años de la muerte de Gilberto Rincón Gallardo (1939-2008) y además, por estas fechas, Heberto Castillo (1928-1997) hubiera cumplido 90 años. Se trata, pues, de dos hombres dedicados a la política y con una militancia decididamente de izquierda, a quienes, a partir de mis escasas luces, respeté; eso sí, sin ciega idolatría que es, creo, como debe analizarse la labor de quienes manifestaron siempre un genuino compromiso social.

Acerca del primero, comparto un recuerdo de hace una década. Yo fungía como coordinador del área de Opinión de este diario cuando, tras la muerte de don Gilberto, me fue encargada, por parte de la dirección editorial, una tarea peculiar: argumentar en un texto, que se publicó el 5 de septiembre de 2008 como carta abierta, las razones por las cuales los restos de este incansable luchador social de izquierda debían reposar en la Rotonda de las Personas Ilustres.

Entre otras cosas, el texto decía que don Gilberto Rincón Gallardo Meltis había sido un hombre políticamente ejemplar. “Un hombre honesto hasta sus últimas consecuencias. Lúcido, generoso, combativo. Sus aportaciones a la vida democrática del México moderno son invaluables y se requiere que sean perennes”.

Luego se afirmaba que Rincón “nunca dejó de luchar por lo que creía que era de elemental justicia humana: libertad, democracia, tolerancia, igualdad”, y que mantuvo “un combate irrestricto a la discriminación de cualquier índole”.

Por ello, “por su compromiso inquebrantable con los valores democráticos, por su infranqueable integridad, porque siempre se echará de menos a voluntades como la suya”, los abajofirmantes hacíamos pública la propuesta de que sus restos fueran depositados en la Rotonda.

Este acto, remataba la redacción, “constituiría un digno homenaje para su memoria y un magnífico ejemplo para las nuevas generaciones de mexicanos”.

Al calce aparecían las firmas de políticos, periodistas, escritores e intelectuales a los que era difícil ver juntos apoyando alguna propuesta de cualquier naturaleza. La labor de recopilar esas firmas me llevó varios días, pero al fin conseguí que consintieran en colocar su nombre personas como (cito en orden alfabético) Guadalupe Acosta Naranjo, Héctor Aguilar Camín, Emilio Álvarez Icaza, René Avilés Fabila, Agustín Basave, Pascal Beltrán del Río, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Santiago Creel Miranda, Alejandro Encinas, Gerardo Galarza y Enrique Krauze.

También aceptaron firmar, entre otros, Vicente Leñero, Joaquín López Dóriga, Francisco Martín Moreno, Germán Martínez Cázares, María Luisa La China Mendoza, Beatriz Paredes Rangel, Marcelino Perelló, Elena Poniatowska, Jorge Volpi y José Woldenberg.

Así que personas de distintas posturas políticas —como se ve, incluso en las antípodas— se congregaban para apoyar la propuesta promovida por Excélsior.

El único que se negó a firmar, por cierto, fue Carlos Monsiváis. Honestamente, no recuerdo las razones que expuso para declinar la invitación. Habrá que decir que la misiva ha carecido, al menos hasta hoy, del éxito planeado; pero sí tuvo una victoria excepcional: demostrar que existían asuntos que, en términos políticos, causaban consenso.

En este caso, eso que lograba dicho consenso era el respeto que la trayectoria de Rincón Gallardo causaba en todos los firmantes.

El segundo fue un luchador acerca de quien, considero, no se ha escrito lo suficiente. Admirable para mí fue don Heberto a partir, sobre todo, desde que a finales de los años 80 supe de aquella anécdota que hoy cumple medio siglo: en 1968, el expresidente Lázaro Cárdenas le dijo a Heberto Castillo, con ánimo de prevenirlo durante la coyuntura del célebre movimiento estudiantil, “si te agarran, te van a matar”.

Lo que sucedió es que el proceder político del ingeniero Castillo —inventor de la tridilosa, excepcional materia estructural hoy ya en desuso en las construcciones— había irritado en extremo al entonces primer mandatario Gustavo Díaz Ordaz.

Desde aquellas épocas ya llovió, granizó, escampó y volvió a llover, pero el legado de lucha de Castillo sigue intacto, aunque, desde mi punto de vista, todavía hace falta una gran biografía intelectual del nacido en Ixhuatlán de Madero, Veracruz, el 23 de agosto de 1928.

Dos hombres, Heberto Castillo y Gilberto Rincón Gallardo, cuya trayectoria política —que nunca aprovecharon para amasar fortunas ilícitas y de la que habría que aprender hoy por hoy— es causa de respeto profundo y admiración perenne. Ahí están sus vidas, para quien quiera imitarlas.

 

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Source: Excelsior

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