Aquí yace media España. Murió de la otra media.

                Mariano José de Larra.

 

A unos veinte minutos de Madrid, Francisco Franco —caudillo por la gracia de Dios, se podía leer en las monedas del siglo pasado— mandó erigir un panteón gigantesco que se llama el Valle de los Caídos. Ahí reposan algunos de los que murieron en la Guerra Civil Española, medio millón de hombres, más o menos, que Franco desató contra la república. Los muertos suyos, desde luego. Los muertos de la república acabaron donde estaban.

A sus 82 años, el 20 de noviembre de 1970, Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde murió en Madrid; tres días más tarde, con pompa y circunstancia, su cadáver fue sepultado en el monasterio encima del Valle de los Caídos, que domina, ciertamente, una impresionante planicie.

Este fin de semana pasado, el gobierno español de Pedro Sánchez decidió que los restos de Franco sean exhumados y llevados a donde sus deudos dispongan. Una vez más, como si los españoles necesitaran de una causa para la división, surge un motivo. La Guerra Civil Española nunca termina, aunque tenga que disfrazarse de Barcelona-Real Madrid o de cualquier otro diferendo. Así seguirán los gachupines que en la primaria nos obligaron a odiar porque el cura Hidalgo lo había dicho. Dicen. Un cura Hidalgo cachondo y simpático que Jorge Ibargüengoitia mandó a esa inmortalidad que da la literatura. En una novela que se llama Los pasos de López y que recomiendo ampliamente; no les toma más de media hora leerla.

De alguna manera, al fundar el México nuestro, los conquistadores nos heredaron sus rencillas permanentes. El gran problema de nuestro país, francamente, es su desunión. Cuando logremos abatir nuestras diferencias tribales, seremos una gran nación.

Hoy en día, la gran preocupación de Andrés Manuel es, evidentemente, la conciliación. Una conciliación difícil a partir del complicado perfil personal del nuevo Presidente. Sus avances de acercamiento con los empresarios han sido notables, hasta ahora. El tema del aeropuerto en Texcoco y un par de asuntos de gran capital serán decisivos.

Como dijo el ciego: Ya veremos.

 

PILÓN.- John McCain fue el legislador que no pudo llegar a la Casa Blanca. Tal vez, considerando la calidad de Donald Trump, llegó más lejos. Piloto aviador que bombardeaba con napalm los campos vietnamitas, cuando se dio cuenta de la sustancia que estaba enviando allá abajo, emprendió una objeción de conciencia, que es un recurso que usó Cassius Clay a fin de evitar su servicio militar. Derribado y cautivo de los vietcongs, McCain estuvo más de un lustro en prisión norvietnamita. Se negó a ser excarcelado como acto de buena voluntad de Vietnam del Norte hasta que no saliera libre su último compatriota preso. Víctima del cáncer en el cerebro, decidió cuándo y a qué hora le desconectaran de los instrumentos que le mantenían con una vida artificial.

Su último gesto fue prohibir explícitamente que Donald Trump asistiera a sus exequias. Una flor más sobre su tumba.

 

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Source: Excelsior

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