En tiempos de las bárbaras legiones de lo alto de las cruces, colgaban a los ladrones. Hoy en el siglo del progreso y de las luces del cuello de los ladrones cuelgan las cruces.

 

 

Al hojear la prensa de estos días —en el mundo entero, que quede claro— se entera uno (es un decir) que quién sabe cómo y quién sabe por qué y desde cuándo, a pesar de caída —si es que en verdad ha caído— de Mosul, casi la tercera parte del territorio de Irak se encuentra bajo control de la fantasmagórica y poderosísima fuerza insurgente llamada “Estado Islámico de Irak y de Oriente”, ISIS, Daesh o EIIO, por sus siglas en español.

Y también nos enteramos de que el Ejército “oficial” de Bagdad la combate con furor, al mismo tiempo que combate a los que con igual furor la combaten. Sean estos grupos también yihadistas o potencias extranjeras, que igualmente se enfrentan entre sí, como Rusia y EU. Nadie nos explica por qué la situación ha llegado a estos tremebundos y sanguinarios extremos. Y nadie lo hace sencillamente porque nadie parece saberlo a ciencia cierta.

Y es que, eso sí lo sabemos, la situación ha alcanzado los niveles de auténtica “catástrofe humanitaria”, como está en boga llamar al apocalipsis. Sólo en estas últimas semanas han muerto miles, probablemente decenas de miles de personas, la gran mayoría no combatientes. Y han debido huir en tromba de sus hogares centenares de miles, tal vez millones de personas. De ese tamaño están las cosas ante nuestra ignorancia y algo que se encuentra en algún lugar entre el pasmo y la indiferencia. Da igual. Ambas a fin de cuentas no constituyen sino formas de la complicidad.

Hace dos semanas, la aviación gringa dejó caer sobre el territorio sudoriental de Afganistán la más bestial de las bombas no atómicas jamás fabricada y utilizada, con el pretexto de que era necesario destruir una supuesta red de túneles subterráneos que habían construido los talibán. Ya ni El Chapo.

Por su parte, los milicianos de EIIO no han podido ser expulsados, a pesar de los apresurados cánticos de victoria, de las dos principales ciudades —después de Bagdad— de la antigua Babilonia, Mosul y Tikrit. La importancia de esta última es, además, de un peso simbólico harto significativo debido a dos motivos no del todo independientes. Por un lado, es la ciudad natal del depuesto y asesinado presidente Saddam Hussein, lo que la convierte en una especie de “lugar sacro” para los sunitas. Y por el otro, en sus afueras se encuentra la mayor Ciudad Universitaria del mundo, construida precisamente en los últimos años del régimen de aquél.

En efecto, el EIIO es de obediencia sunita, lo cual, de alguna manera, los acerca al antiguo régimen, demolido por la intervención militar estadunidense de hace 15 años, y los enfrenta al actual gobierno, chiita. Los dos pueblos (sin contar a los kurdos), cuyas diferencias van más allá de lo estrictamente religioso, que conviven —es un decir—, son precisamente los sunitas, más ligados a Siria, y los chiitas, más cercanos a Irán. Por ello, para acabar de anudar la confusión, no se acaba de entender el adjetivo “Oriental” en el nombre de los yihadistas del ISIS. Como que algo está al revés.

Al principio, parece ser que la yihad islamista, como quien dice “guerra santa” o “cruzada liberadora”, que los insurgentes han emprendido, no poseía una sede fija y sentaron sus reales, de manera itinerante, en la zona entre Mosul y Arbil; tampoco se habían decidido a llevar a cabo una asamblea fundacional. Pero a medida que el levantamiento cobró fuerza, debieron trasladarse y fijar un centro único de operaciones, convocar a una especie de “Concilio Ecuménico” e iniciar una campaña en pos de adhesiones y de recursos logísticos y económicos.

Propusieron una ubicación totalmente opuesta. Para incorporar nuevos contingentes hicieron el necesario ajuste recurriendo a notorios jeques adeptos, negociaron otros soportes firmes resguardados en giros ocultos. Algunos líderes opositores sunitas también respaldaron el sínodo.

Alepo hace ya un par de meses está en manos de Bagdad. Por ello acabaron instalándose lejos de ahí, en Al Buqamal, en la provincia siria de Al Raqa, cerca de la frontera, y avanzaron, de manera incontenible, sobre Bagdad. Hoy se encuentran a 60 kilómetros de la capital. Y descontando. El Ejército gubernamental, si hemos de creer a las pocas crónicas confiables que nos llegan, se halla en desbandada y combate al mismo tiempo —y como parecen probar las fotografías publicadas en Excélsior— a mercenarios organizados, pagados y pertrechados por Washington, a través de las tristemente célebres compañías privadas de combate, como Blackwater o Academi.

¿Quién está detrás de unos y otros? Lo siento, expectante lector. Esta vez le voy a quedar mal. Aquello es un auténtico cataclismo. A saber qué es lo que está en juego ahí. En fin, entendámonos, obviamente el fluido negro y oculto de los veneros que les escrituró el diablo ocupa un lugar honorífico entre las causas que originan y subyacen el conflicto. Y el fluido rojo y estridente que brota de los cuerpos ametrallados y desgarrados que cubren calles y campiñas son su resultado. Es una auténtica hecatombe. Una hecatombe bicolor.

Y sin embargo, el auténtico apocalipsis no está allá, en las torturadas y trituradas tierras de las que otrora fueran la flor más hermosa y perfumada de la cultura humana, sino en esta lejana y bovina complacencia unánime de los buenos y pacíficos ciudadanos del mundo civilizado frente al cataclismo.

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Este apocalipsis
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