Cualquier referencia a la crisis estructural de la que el gobierno mexicano esté tratando de salir es de una tremenda obviedad; la combinación de las circunstancias políticas internacionales —notablemente la relación con el vecino del Norte— y el deterioro institucional interno, que ha sido intensificado de manera especial este año con la inseguridad rampante, asesina, cínica y petulante, han puesto a la administración Peña en una esquina difícil del cuadrilátero. La impunidad y la corrupción, dos brazos del mismo monstruo, están cerrando la pinza de este estrangulamiento multimodal.

Desde luego que la inseguridad asesina que se extiende por todo el país es nuestra preocupación mayor, pero no es un factor autógeno: tiene que ver con la pobreza, el mal empleo, la ignorancia, la insalubridad y —desde luego— el tráfico de drogas, influencia, gente, niños, voluntades e intereses. En realidad, la crucifixión de nuestro país no se da sobre un simple madero de cuatro piernas, sino en una telaraña de múltiples nudos. Tal vez por eso ninguno de nuestros gobiernos recientes ha sido capaz de zafarnos de este laberinto.

El lugar común afirma que la encrucijada es a la vez una desazón y una oportunidad. Pero su principal dificultad es cuando es enfrentada por los indecisos. Si los indecisos de este país formasen un partido político, serían la principal fuerza política. O tal vez no, por ello mismo. Sin embargo, a ello le apuestan ahora los dirigentes —ojo, los dirigentes— del PRD y el PAN con dos propósitos evidentes: sacar de Los Pinos en 2018 al PRI, lo cual no es tan difícil, y no dejar llegar a López Obrador a Palacio Nacional, lo cual ya no es tan fácil.

Sería sencillo decir que esta nueva movida tiene que ver con la sensación de incapacidad que los no priistas sienten ante las próximas elecciones en el Estado de México. Desde luego que están seguros de que Alfredo Del Mazo va a ganar la gubernatura. De lo que no tienen idea es cómo. De ahí la angustia, la desesperanza y la incertidumbre. Eso, sin contar la delincuencia organizada, la que no se organiza, el efecto Trump y todo lo demás.

PILÓN.- El discurso inicial de Donald Trump en su primera gira internacional, ayer en Riyad, no podía haber sido más terso. Para empezar, la primer etapa de su periplo es Arabia Saudita, país que aloja los dos lugares más sagrados del islam, Meca y Medina. Es la capital musulmana del mundo. Luego visitará Israel para después reunirse con el papa Francisco. Son las sedes, recordó el Presidente de Estados Unidos, de las tres más importantes religiones monoteístas del Universo. Son también sitios venerables para comunidades que no guardan —como pocas comunidades guardan— grata memoria de los discursos públicos de Trump.

Eso explica el tono melifluo del Presidente norteamericano al recordarnos que nadie puede matar en el nombre de Dios; el discurso estuvo dedicado a condenar al islam violento, elogiar a los países aliados árabes y descalificar de sus amistades al gobierno de Irán. De forma particular, Trump se refirió ampliamente a la cálida recepción y extraordinaria hospitalidad de Arabia Saudita. Tal vez tenga algo que ver el hecho de que Trump fue a cerrar el contrato de venta de armamento por parte de Estados Unidos a los saudíes por 110 mil millones de dólares. El más grande de todos los contratos de venta de armas hecho por Norteamérica.

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En la cruz, en la cruz…
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