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El tortuoso camino a la canonización de Óscar Arnulfo Romero

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Unos siete mil salvadoreños viajaron de varios puntos del mundo hacia Roma para participar en la ceremonia de hoy en la Plaza de San Pedro, durante la cual el papa Francisco canonizará a Óscar Arnulfo Romero / Foto: AP
Cynthia Rodríguez

MILÁN.

Tuvieron que pasar 38 años, entre cabildeos, investigaciones y decenas de trámites, para que monseñor Óscar Arnulfo Romero pudiera hoy convertirse en santo y formalizar lo que el pueblo, su pueblo, ya lo consideraba así desde hace muchos años: San Romero de América.

Desde hace tres años, cuando a principios de 2015 el papa Francisco reconocía el martirio del exarzobispo asesinado “In odium fidei” o “en odio a la fe” y autorizaba a la Congregación por la Causa de los Santos a promulgar el decreto respecto al martirio de Óscar Arnulfo Romero, se abría y aceleraba el último paso rumbo a la canonización.

Así, el 23 de mayo de 2015, llegó para Romero su beatificación en la Plaza Salvador del Mundo, 35 años después de aquel 24 de marzo de 1980 cuando alrededor de las 6:30 de la tarde celebraba una misa en la capilla del hospital de la Divina Providencia en la colonia Miramonte de San Salvador.

Era el último lunes de la Cuaresma, y como seguido hacía, Romero celebrabra toda la homilía en pie. Así, mientras se giraba para tomar un canasto y comenzar el momento de las ofertas, un disparo hecho por un francotirador desde un auto lo impactó directo en el corazón del sacerdote quien, en ese momento, tenía sólo 62 años.

Un día antes de su muerte, el 23 de marzo de 1980, desde la catedral salvadoreña, Romero hizo un enérgico llamado al ejército de su país. Esa homilía la tituló La Iglesia, un servicio de liberación personal, comunitaria y trascendente, que más tarde se conoció como Homilía de Fuego.

Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice “No matar”.

Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación”.

Queremos que el gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre. En nombre de Dios pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: cese la represión.”

La llamada Homilía de Fuego ha sido considerada por los históricos como el punto de quiebre entre el arzobispo y el estado salvadoreño, luego de insistentes críticas desde el púlpito en contra del ejército y la política y siempre a favor de los más pobres.

Sin embargo, al otro lado del mundo, en el Vaticano, siempre vieron con distancia las acciones de monseñor Romero.

Gianni Novelli, un exponente de la Teología de la Liberación, opina que Juan Pablo II, quien era Papa al momento del asesinato de Romero, combatió abiertamente esta corriente católica para privilegiar a grupos ultraconservadores como el Opus Dei y los Legionarios de Cristo.

En su época, al arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero se le negó la posibilidad de canonización con el pretexto de que podría ser utilizado por extremistas de izquierda. Lo máximo que lograron sus defensores fue que se le reconociera como “siervo de Dios”, pero era público que Juan Pablo II no simpatizaba con las causas en las que se comprometió Romero y a causa de las cuales fue asesinado”, dijo Novelli.

Por su parte, el histórico Roberto Morozzo della Rocca, después de haber consultado miles de documentos y presentar en 2015 su libro Óscar Romero, la biografía, señaló que el arzobispo salvadoreño representaba más que una figura rebelde, un símbolo de la lucha de poder entre derecha e izquierda y representaba los desencuentros ideológicos de la época, como lo fueron Salvador Allende, Camilo Torres y el mismo Che Guevara.

Así, en sus investigaciones, el biógrafo italiano encontró las oposiciones a la beatificación. Por una parte, la de obispos latinoamericanos de derecha, convencidos de que Romero era subversivo y la consecuencia de la exaltación de Romero como figura revolucionaria.

Pero esa cercanía no era fiel a la realidad porque Romero era hombre de Iglesia, no político, aunque esa distorsión sobre la vida y el pensamiento del obispo salvadoreños creó problemas en el Vaticano”.

Aun así, expresa Morozzo della Rocca, el Vaticano quería comprender bien quién era Romero. “Cuando el papa Juan Pablo II visita El Salvador en el año 83, va a la tumba y dice: ‘¡Romero es nuestro!’. (En sus palabras) había el significado de ver que Romero es un hombre de la Iglesia y no de la política”, expresó el biógrafo.

Sin embargo, la historia señala que ni Karol Wojtyla ni Joseph Ratzinger hicieron nada para reconocer con una beatificación el trabajo de Romero, a pesar de su fe profunda y su fidelidad al Concilio Vaticano II.

De hecho, aunque la causa de su beatificación llegó al Vaticano en 1996 con un total reconocimiento de la iglesia salvadoreña por el martirio de Romero y un sinfin de peticiones provenientes de los fieles que esperaban ese momento desde mucho tiempo atrás, sólo se le dieron largas.

Tuvo que llegar Jorge Mario Bergoglio para acelerar la causa de beatificación y, así, dejar atrás una serie de sabotajes y suciedad sobre su figura y reconocer a todas luces la labor de Romero.

Para el vaticanista Marco Politi, con la canonización de monseñor Romero, el papa Francisco muestra que es particularmente sensible a los sufrimientos que América Latina ha vivido bajo dictaduras y conflictos, y que además es sensible al dolor y al martirio que Romero padeció.

 

AMU

 


Source: Excelsior

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