La renuncia al pensamiento nos hace cómplice y víctima de un nuevo despotismo.

                Hannah Arendt

 

Hubo un tiempo en que las palabras del Ejecutivo federal tenían gran respetabilidad y trascendencia. La opinión pública las escuchaba con atención y generaban cierta confianza; eran señales para saber a qué atenerse.

Un ejemplo relevante es Adolfo Ruiz Cortines, quien decía que el presidente debía hablar poco, en promedio seis discursos al año, con intervenciones sólo cuando las circunstancias lo ameritaran y que las palabras del primer magistrado de la nación debían ser las últimas sobre el asunto en cuestión.

La solemne y respetable tradición la rompió Luis Echeverría. Como lo escribió Daniel Cosío Villegas, tenía una necesidad casi fisiológica de hablar. Lo hacía como predicador, no como gobernante. Desde entonces (tal vez los más discretos fueron Miguel de la Madrid y Ernesto Zedillo), hemos padecido una verborrea presidencial.

No se puede ser convincente pronunciando 365 discursos al año y con la obsesión de todos los días decir algo que sacuda al país.

Lo anterior viene al caso por las conferencias, declaraciones y discursos del Presidente electo, quien ya tiene al pueblo de México en vilo y seriamente perplejo y confundido.

En particular, es alarmante y peligroso el discurso pronunciado el domingo en el consejo de su chapurreado partido, que me atrevería a llamar del oportunismo, porque hacia él han emigrado personajes de todos los colores con el propósito de incorporarse al presupuesto.

A pesar de ser ya presidente electo, López Obrador no se deslinda de su papel de dueño de Morena que, como bien se entiende, es parte y no el todo al que aspira gobernar.

Habla de impedir el ingreso de “lacras” a su organización, salvo quienes reciban su bendición y correspondiente absolución, como ha quedado demostrado en los hechos. Ofrece “garantizar el derecho al bienestar y a ser feliz”, lo cual refleja una grave confusión entre los deberes del Estado y lo que corresponde al ámbito personal. Sin ningún recato expresó: “El pueblo de México lo acaba de demostrar, es un pueblo avispado, sabio, no es tonto. Tonto el que cree que el pueblo es tonto”.

Le faltó decir: “Es tan inteligente que votó por mí”. La vanidad y la soberbia son malas consejeras para ejercer el poder. Afirmó que: “En el año 2000 se apostó a la alternancia y todo terminó en una farsa dañina”.

Yo pregunto, ¿dónde quedó la República Amorosa? ¿No fue responsable él de muchas decisiones frustradas por su obstrucción a políticas pública s que se intentaron instrumentar en los gobiernos panistas y que ahora se consideran necesarias? ¿No debería esperar a los resultados de su gestión?

Mencionó AMLO a mexicanos notables, impulsores de la democracia, con un criterio tendencioso y excluyente. Con excepción del Maquío Clouthier, a quien se refiere por razones obvias, nadie de la larga marcha panista en su lucha pionera y perseverante mereció ser aludido. Como en otros tiempos, si no militas en el partido oficial, no eres digno de ser mencionado.

Algunas horas después, el futuro presidente anunció el fin de la Reforma Educativa y el fortalecimiento de las estructuras corporativas que vienen de los años 30 y que constituyen el mayor obstáculo para la auténtica y libre participación ciudadana.

Me dejó atónito el reconocimiento de los derechos de Elba Esther Gordillo y su respeto implícito, tanto al SNTE como a la CNTE, cuando durante los dos sexenios panistas repitió una y otra vez la perversa complicidad entre Fox, Calderón y Gordillo.

En verdad, para desgracia de México, creo que el “rayito de esperanza”, con su famosa cuarta transformación ya tropieza, por decir lo menos, antes de arribar al poder.

 

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Source: Excelsior

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