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A dos años de Trump, a un mes de Kavanaugh

Por Camila Medina Mora Pérez

Cuando llegué a vivir a los Estados Unidos a mediados de 2012, el clima político era muy distinto al de hoy. A los pocos meses de mi freshman year, vi cómo cientos de mis compañeros llenaban sus boletas electorales con ilusión; su pequeña contribución para la inevitable reelección de Obama. Era la primera vez que muchos votaban, algunos habían cumplido los dieciocho años unas semanas antes del primer martes después del primer lunes de noviembre. Eran parte de una generación que se enfrentaba, por primera vez en la historia del país, a prospectos económicos peores que los de sus padres. Una generación activista, la última racha de millennials. Entre Occupy y Black Lives Matter, y a leguas de imaginarse Charlottesville. Roe parecía una garantía, al menos en el estado de Oregon. No todo era color de rosa, mis compañeros y yo seguíamos los casos de Emma Sulkowicz y Brock Turner con el peso de saber que no habría consecuencias para aquellos que violentaban a las mujeres. Muchos tomamos el autobús al centro de la ciudad para protestar las muertes de Michael Brown, Eric Gardner y Tamir Rice, aunque sabíamos que no serían los últimos hombres negros en morir en manos de la policía.

Los cuatro años que viví en los Estados Unidos coincidieron con el segundo mandato de Obama. Como muchos, daba por sentada la victoria de Hillary. Un par de días antes, en noviembre de 2016, tomé el tren de Washington D.C. a New Haven, ciudad en la que se encuentra la Universidad de Yale. Iba de visita, empezando a pensar en mis planes para los próximos años. Tomé un tour de la escuela de negocios en la mañana del ocho de noviembre. A mi alrededor, miles de estudiantes exhibían sus pegatinas, I voted, con orgullo. Vi a una estudiante de licenciatura con una pijama cubierta de fotos de Hillary Clinton. Sólo el conductor de Uber que me llevó al campus desde la casa en la que me hospedaba parecía ver venir el fin. En retrospectiva parecía inminente. Llegué a la estación de tren a las siete de la tarde. Un joven de aspecto latino me preguntó si estudiaba en la universidad. Le contesté que no; sólo estaba de visita. Era de origen puertorriqueño. Me preguntó sobre México. Todas las pantallas de la estación transmitían la misma imagen. Me preguntó qué opinaba sobre la elección. Contesté que iba a ganar Hillary. Me dijo que él esperaba lo mismo. Abordé mi tren y me senté sola. Iba pegada al teléfono celular, refrescando cada que podía los conteos de Nate Silver. Todo se veía genial hasta que ya no se veía tan bien. Nos acercábamos a Filadelfia cuando nos dimos cuenta de lo que estaba por pasar. Esa noche se quedaría grabada en mi memoria como pocas: el 11 de septiembre, el temblor de 2017. Nunca había visto tantos desconocidos llorar en público. Al llegar a Baltimore, la última parada antes de la mía, una chica más o menos de mi edad, también latina, se acercó a mí. Me preguntó si me podía dar un abrazo. Después de compartir el momento por un par de minutos, bajó del tren. Al llegar a Union Station, me dirigí hacia la plataforma de taxis. Parecía un pueblo fantasma. Era tarde, ya había pasado medianoche. Pero no era normal. Washington, aunque pequeña, es una ciudad activa. Tardé más de media hora en encontrar un taxi dispuesto a llevarme a casa de mi mamá en los suburbios cerca de Maryland. Llegué a casa y la encontré medio dormida. Me preguntó sobre mi viaje. Le contesté que Trump iba a ser Presidente y me subí a dormir. Podía ver la luz de la computadora salir del cuarto de mi hermano Tomás. Como muchos, escribí una publicación para Facebook expresando mi tristeza. Con los ojos rojos y pocas ganas, me metí a la cama e intenté dormir.

Poco después regresé a México. Visité a mi mamá en Washington una última vez, en diciembre. Muchos hablaban sobre las protestas el día de la inauguración. Contemplé ir una última vez para participar en la Marcha de Mujeres en Washington. Al final, me quedé en México y compré una piñata de Trump. Habría que celebrar el fin del mundo.

Los siguientes dos años viajé a Estados Unidos mucho menos de lo que acostumbraba. Fui a Washington cuando mi hermano terminó la preparatoria y a Portland para la graduación de mi mejor amiga. Lloré de rabia y terror después de que un supremacista blanco matara a un compañero de la Universidad en una confrontación en el sistema de transporte público de Portland. Seguí las noticias muerte de Heather Hayes durante la manifestación ultraderechista en Charlottesville. Vi, poco a poco, cómo se desintegraba la idea que tenía de los Estados Unidos. Mi burbuja costera se desbarataba ante el discurso de odio de la administración de Trump.

El 27 de junio, cuando el juez Kennedy anunció que se jubilaría de la Suprema Corte, me enfrenté con uno de mis peores miedos. Ya no era sí, sino cuándo. Las farsas de Trump durarían mucho más tiempo que su mandato. Mi generación sería testigo de lo que cuatro años antes parecía impensable. Todo estaba bajo amenaza: las medidas de igualdad de oportunidades, garantizadas por Fisher v. University of Texas; Obergefell v. Hodges y el matrimonio igualitario; Roe v. Wade, que garantiza el acceso al aborto electivo como derecho a nivel federal. Trump sería capaz de dejar su huella indeleble en la judicatura de su país con la confirmación de Brett Kavanaugh a la Suprema Corte de los Estados Unidos. Brett Kavanaugh, mismo juez que meses antes había negado el acceso a un aborto, derecho constitucional, a una adolescente en un centro de detención para migrantes. Con tan sólo 53 años, el ministro Kavanaugh permanecería en la Corte por décadas después de que el mandato de Trump llegara a su fin. La campaña en contra de su nominación, incluso antes de la publicación la carta que la doctora Ford dirigió a la senadora Feinstein, dominaba gran parte del ciclo de noticias cada noche. Mis compañeros norteamericanos y yo sabíamos que Kavanaugh era una amenaza para los grupos subrepresentados del país antes de saber su complicada historia con el alcohol y el consentimiento sexual. Cuando nos enteramos de aquella tarde en Bethesda a principios de los 80, reconocimos la historia de inmediato. Pero doctor Ford no era Anita Hill¹. Era la víctima perfecta; rubia, casada, profesora con doctorado proveniente de una de las comunidades más privilegiadas de los Estados Unidos. Casi 27 años después de que Hill testificara ante el Comité Judicial del Senado, la doctora Ford se encontraría en una posición alarmantemente similar. Los republicanos, en control del Comité y del Senado, controlaron el juego. Una fiscal del estado de Arizona dirigiría las preguntas, para ahorrarnos la incomodidad de ver cómo once hombres blancos interrogaban a la aterrada doctora Ford. Una female prosecutor. No se cansaron de recordarnos que  la interrogadora era mujer. En ningún momento negaron la condición de víctima de la doctora Ford, pero el tono cambió radicalmente cuando el juez Kavanaugh subió al estrado. El senador Lindsey Graham parecía olvidar aquella vez que su partido se negó a considerar al nominado de Obama, Merrick Garland, por más de diez meses. Afirmó que el trato de los demócratas hacia Kavanaugh era el acto más poco ético que había presenciado en su carrera política. Kavanaugh demostró “gran carácter judicial” cuando en lugar de responder la pregunta que la senadora Klobuchar le formulaba, le preguntó si ella tenía antecedentes de abuso al alcohol. Sus múltiples menciones a las mujeres importantes de su vida recordaban a tu tío que defiende sus actitudes racistas al decir que tiene un amigo negro o latino.

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Apagué la computadora con el corazón roto. Mi última esperanza, así como la de millones de personas, era un voto en contra del senador Flake. Flake the flake, le decían, por su tendencia a decir mucho sin hacer nada. Se burlaron de nosotros con una probadita de justicia al anunciar la investigación que conduciría el FBI. Pronto supimos que no entrevistarían ni a Ford ni a Kavanaugh. Poco más de una semana después de que vimos a Ford compartir el momento más difícil de su vida con millones de personas y a Kavanaugh gritar y repelar ante la posibilidad de no llegar a la Suprema Corte, vimos cómo el Senado votaba a su favor. Las senadoras Murkowski y Heitenkamp arriesgaron su permanencia en el Senado al votar en contra, mientras que Collins hizo lo mismo al votar a favor. El senador Manchin de Virginia Occidental traicionaría a su partido con el fin de proteger su puesto en la elección de noviembre. Y así, con 50 votos a favor y 48 en contra, Kavanaugh remplazó a un juez que había ascendido a la Corte con 97 votos a favor y cero en contra.

Seis años después de aquellas semanas en las que mis compañeros rellenaban sus boletas de voto por ausencia, nos enfrentamos al fin de la democracia como la conocemos. The will of the people, la volonté générale de Rousseau, se ha convertido en un pensamiento secundario para aquellos que buscan garantizar la permanencia del Estado norteamericano como la cumbre del privilegio del hombre blanco. Un Presidente electo con menos votos que su contrincante ha dejado su huella con los dos jueces de la Suprema Corte menos populares de los últimos 25 años.  Los estadunidenses y el resto del mundo, se enfrentan a las graves consecuencias del error de cálculo de 2016. A dos años de Trump y a un mes de la confirmación de Kavanaugh, las elecciones del 6 de noviembre representan para nuestros vecinos una oportunidad única. Ted Cruz podría perder su escaño en el Senado, mientras que el Congreso sólo necesita de una mayoría simple para hacer de Puerto Rico y Washington D.C. nuevos estados. Los demócratas no pueden darse el lujo de pretender que vivimos en un sistema que respeta la voluntad del pueblo; los republicanos han demostrado en los últimos años que buscan impulsar la agenda de su partido a toda costa. Los derechos de la mujer y de las minorías étnicas, raciales, sexuales y de género dependen del compromiso del Partido Demócrata hacia los valores que los Estados Unidos pretende representar.

Aún tengo fe en el país que me dio cuatro de los mejores años de mi vida. Aquellos compañeros que votaron por Obama en 2012 ahora trabajan en las campañas de senadores como Heitenkamp en Dakota del Norte, estudian Derecho en grandes universidades e impulsan iniciativas de protección legal para las minorías en el estado de Oregon. Para los millennials norteamericanos Bernie Sanders ya no es suficiente; ahora tienen a Alexandria Ocasio-Cortez. Esperemos que poco a poco reparen el daño hecho por republicanos pertenecientes a un sistema arcaico. En 2016, sólo votó 58% de la ciudadanía. Este seis de noviembre, los ciudadanos de los Estados Unidos tienen la oportunidad de retomar las riendas de su país de una vez por todas.

*1. Anita Hill, mujer afroamericana que en 1991 compareció ante el Senado tras haber acusado al entonces candidato a la Suprema   Corte Clarence Thomas de acoso sexual.

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Source: Excelsior

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