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El que tiene conciencia sufre al reconocer

su error: ése es su castigo.

Fiodor Dostoievski, Crimen y Castigo

–Estoy en la fase más apasionante de mi romance… –le decía a aquel tipo que no recuerdo cómo llegó a mí; ya había tomado demasiado–, aunque no ha variado desde el primer beso que le di a una bebida alcohólica –terminé mi oración, y de inmediato di un sorbo a mi vaso de cerveza.

–¿A qué te refieres? –Dijo con una mirada incrédula.

–Al tomar por tomar, al tomar sin razón, o ninguna en especial, por el simple hecho de sentir resbalar el alcohol por la garganta, mientras la enciende y la aclara, desprende ideas atrevidas y ayuda a fluir la palabra. No sé por qué la mayoría piensa que siempre atrás de un alcohólico hay una persona insegura, que lucha para superar sus males pasados, o toma para representar una figura…, una personalidad libre que impresione y note la confianza en sí mismo que la sobriedad esconde.

Platicábamos en frente de una alberca, apartados del núcleo de la fiesta y de las bocinas, que retumbaban ensordecedoramente y hacían vibrar el cuerpo.

–Me dices que no hay motivo que te incline a tomar sin parar más que el puro rastro de sabor que te deja el vino al pasar por tu garganta –dijo sorprendido y dudoso.

–Intento decirte que…, –volví a dar un trago a la cerveza, que me dio tiempo de acomodar mis ideas y elegir cuidadosamente las palabras–, yo lo hago por puro placer. En verdad me encantan los efectos liberadores del alcohol, pero no entiendo a los imbéciles que se pierden en la bebida para olvidar vergüenzas, penas de amor, perdidas insustituibles, males irreparables o…, la soledad. Detesto a los que utilizan la bebida para desenmascararse, confesarse ante amigos o amantes, para deshacerse de la imagen de duros inquebrantables que se han querido forjar, aunque saben que en el fondo su alma se encuentra desnuda, temerosa y débil. En fin, para hacer y decir lo que no harían en su estado normal.

–No sé, hablas como si nunca te hubieras… como si nunca hubieras hecho algo malo, o nunca hayas sufrido pena alguna, que te llevé a un vacío existencial, y busques consuelo y respuestas en el alcohol, como lo hacen todos. No creo que seas una excepción; todos en la juventud ya hemos recorrido un camino luctuoso, experiencias que nos cargan de culpas y hacen que veamos pesimistamente la vida. Yo soy de los que piensan que siempre un trago tiene un trasfondo triste, un sinnúmero de problemas que se intentan reprimir con la inconciencia y distracción que otorga el alcohol. Amenos de que…

–A menos de que qué. –Lo interrumpí.

–A menos que seas un farsante.

–¡Jamás!, –sentencie con una cólera, que sin duda notó, y agregué–: tal vez sea la excepción.

Tomé otro gran trago.

–Escucha –luego no pude evitar decirle–: valedor. Soy hijo único. Así que mis padres me llenaron de regalos y gran parte de su tiempo libre. En mí niñez no había lugar para la frustración. Acudí a escuelas privadas que me permitían mucho tiempo de ocio. Pase inadvertido por las maestras y la mayoría de mis compañeros, pero jamás me sentí solo. Nunca di disgustos ni fui protagonista de una acción digna de orgullo. Mis padres, y todo el que tenía contacto conmigo, aun fuera visual, pensaban que era autista; yo sólo me considero reservado. Mi infancia transcurrió entre breves sonrisas y nulas tristezas. En mi adolescencia no hubo suspiros ni lágrimas, pero encontré la sal y pimienta de mi vida: ¡el alcohol!, gracias a la libertad ocasionada por la gran distancia entre mi prepa y mi hogar y de las miradas sobreprotectoras de mis padres. Desde mi primer encuentro con Él, me embargó y tuve un apego como jamás lo había experimentado en la vida. Su sabor, su efecto, toda su forma se posesionó de mí instantáneamente. Estudiaba, trabajaba, pero no conseguía olvidarlo. Medía el tiempo en relación a cuando lo saborearía de nuevo. Ahora puedo decir que el color ámbar es el más sensual. ¡Lamento no haberlo probado antes! Al poco tiempo el apego fue tan fuerte que mi separación de él se me hizo inimaginable. El tiempo que no estoy bebiendo lo considero tiempo perdido. Aunque no sea mi intención, no sé cómo pero, siempre acabo hablando del él y lo que me provoca hacer, –di otro sorbo y noté en su mirada una mezcla de terror y admiración–. Conseguí muchos problemas por mi dionisiaca pasión, pero nada que me hiciera capaz de dejarlo, o simplemente reflexionara a cerca de su beneficio. Llegué a bofetear a mí madre y a tener discusiones vehementes con mi padre, ¡No me importaba!

Me gradué sin problemas de una carrera que no me alentaba en nada, pero me daba mucho tiempo libre para acrecentar mi impulso por la bebida, que ya era infinito. Poco tiempo después de mi graduación mi padre amaneció muerto por un shock diabético. Una enfermedad que hasta él ignoraba. Lo último que tomó fue una naranjada, que le hice de mala gana, y endulcé con dos cucharadas de azúcar. No sentí la más mínima culpa, ni inmutó mí carácter. No así el de mi madre que la llevó al extremo de la melancolía, que contraatacaba con antidepresivos. Su médico me comprometió a que controlara su cuota, escondiendo su medicamento, o dándoselo yo mismo. No lo hice. Poco tiempo después murió de sobredosis.

Mí madre era una persona muy querida; en su velorio brotaron muchas lágrimas de parientes y amigos, pero ninguna mía. La gente decía que era un chico fuerte al superar estoicamente tan duras pérdidas. ¡Estúpidos! No soportaba nada, pues no me importaba. Hasta aplaudí su muerte, ¡Oh, sí, claro! Ya que gracias a ella recibí una fuerte cantidad de dinero, por un seguro que me hace y me hará vivir cómodamente, por un largo rato. Celebré, por supuesto, comprando una caja de Martel que me mantuvo bajo la influencia de Baco por cinco días seguidos. –Tomé otro trago y advertí que me quedaba poco líquido así que apresuré lo más que pude mi historia–. Después amigos y familiares se preocuparon por mi manera de beber, e intentaron alejarme del alcohol, pero se desinteresaron rápidamente al ver que sus consejos y esfuerzos no producían el mínimo cambio en mí. Ahora mi única preocupación es qué disco voy a comprar y con qué bebida lo voy corear, siempre y cuando sea un buen género. Ni clásica ni psicodélica, que son para anticuados pretenciosos, la primera, y para adolescentes snob, la segunda.

–Eres un borracho insensible, –susurró, y creyó que no lo había escuchado, pero lo corregí.

–No, no. Soy un exquisito narcisista.

Se sobresaltó, y continuó con su interrogatorio.

–¿No tienes algún otro pasatiempo, otro placer que ocupe tu tiempo?

–Si, claro. Estoy totalmente de acuerdo con Wilde en que los mejores placeres entran por la boca, si no fuera así no hubiera tanto obeso o alcohólico –reí sarcásticamente, y le di el último trago a mi vaso–, pero el único placer que le puede empatar es dedicarle una noche de espanto a Poe o Lovecraft, mientras se escucha música ambient, que se ajuste a la lectura y, que mejor, si se acompaña con un buen trago.

–¿Y las mujeres? ¿Cómo es tu vida amorosa? –Preguntó con un honesto tono de intriga.

–¡Amor! ¡Qué perdida de tiempo! En cuanto a las mujeres son especialmente seductoras cuando sostienen una botella llena de licor, y están dispuestas a compartirla, pero las prefiero tan borrachas que no puedan pronunciar ni una palabra, o inconscientes y desnudas –indiqué mientras él arqueaba las cejas, haciéndome irritar–. ¡Escucha! Yo tomo mis decisiones a partir de lo que me gusta y no me gusta, de lo que me parece entretenido o aburrido, y después me sacio hasta el hartazgo, jamás de lo que es bueno y es malo, que me resulta imposible de diferenciar. No me importa el costo y tampoco si es a expensas de otros. Mi único móvil no es más que el de hacer una experiencia que me de una ruta para huir del tedio.

–Me das miedo –expresó con voz trémula.

–¿Miedo?

–O no sabes lo que haces, o no tienes…, –suspiró y agregó con un tono triste–: ¡Corazón!, pero pronto recibirás tu castigo.

–¡Corazón! –repetí con tono de burla e ignorando su última frase.

–Eso me hace superior. ¿O no?

–¡No! Te hace mezquino. Te hace un avaro y mísero hedonista.

Me quedé contemplativo, no por su crítica despectiva sobre mí, sino por la palabra mezquino, que lentamente repetía en mi mente, ya que la encontré con un misterioso matiz.

Cuando salí de mi letargo, replique torpemente:

–No me juzgues con ligereza. Cómo te atreves a…, –suspendí mis palabras al ver que me miraba por en cima del hombro, y di media vuelta.

–Hola “Toño” –saludé amistosamente a mi amigo Antonio.

–¿Qué haces tan apartado de la fiesta tú solo? –preguntó­.

–¡¿Solo?! ¡Claro que no! Estoy con… –olvidé su nombre, creo qué no lo sabía, y me volví para mostrar a mi acompañante. –¡Qué demonios! –, maldije, pues ya no había nadie.

–Estás loco, si llevo rato viéndote y nunca has estado acompañado. –Me dijo con la mirada encendida a causa del alcohol–. Pero, en fin, vamos por más bebida. Sígueme.

–Espera. Estoy seguro que… ¿A dónde se fue? ¡Qué extraño!

–Ya, anda.

Mi sorpresa fue grande, pero la olvidé rápidamente. Corrí detrás de “Toño” directo a la barra, pues ya no me quedaba gota de licor. Corrí con un inenarrable y profundo sentimiento. Sabía, más bien sentía, desde lo profundo de mi alma, que algo grave pasaría.

 

Seguramente a partir de este momento mi veracidad será puesta a prueba, dudarán de mi cordura y me juzgarán sin apelación. Escribiré lo ocurrido hasta donde me permita la memoria. Estoy totalmente abatido, pero salvaguardé un poco de lucidez para terminar mi nefasto relato.

Después de la plática con aquel misterioso tipo hice lo de siempre: tomé tanto que perdí la conciencia. Quedé perdidamente embriagado. Amanecí a un costado de la taza del baño de mi casa, donde el tapete hizo la tarea de colchón. Me senté en el sillón de la sala frotando mis sienes y clavando mis codos en mis piernas. Traté de recordar cómo llegué a casa, y lo acontecido la noche anterior. Fue inútil. Al parecer causé pleitos, vomité y me besé con una chica, terriblemente fea. “¡Que va!”, me dije despreocupado. Es mi labor altruista, unos alimentan y visten a los mendigos: yo beso feas. No soy malo, simplemente hago todo lo posible para alejarme del tedio. Hice un recuento de lo que había extraviado, ¡Siempre pierdo algo! Perdí el cinturón, no sé por qué suelo perderlo frecuentemente; no perdí la billetera, ¡gracias a Dios!, gané dos números telefónicos, una mancha de sangre en la camisa y una quemadura no muy grande en el dedo índice, que se la atribuí a un cigarrillo. No recordaba nada.

Enseguida me bañé, me vestí, y me dispuse a prepararme una cuba para apagar la resaca que taladraba mi cabeza. La saliva afluyó loca de ansiedad a mi boca e incliné mi vaso para dar un sorbo a tan exquisita bebida, cuando de repente escuché un murmullo que me impidió llevar a cabo mi labor:

–No te lo mereces.

Escuché muy claro, y me alertó la posibilidad de que hubiera un extraño en casa.

–Por tu culpa se murió tu madre y mataste a tu padre.

Se escuchó nítidamente y me sobresalté. Gire. Volví a girar, pero no vi a nadie.

–¿Quién esta ahí? –Grite furioso. Pero no recibí respuesta.

–Tienes una repugnante colección de vicios.

–¡Cállate!

–Tienes 24 años malgastados en vanos placeres y ruines excesos.

–¿Dónde estás? ¡Hijo de la gran puta! –Grité lo más fuerte que pude.

–No es que no hayas querido enamorarte, sino que eres tan despreciable que nadie estaría dispuesto a pasar más de un día contigo.

Lo busqué de esquina a esquina en todos los cuartos de la casa, pero no lo encontré. Finalmente me senté en la sala, y lo vi. ¡Ahí estaba su imagen aumentada por el cristal y el líquido del vaso! Aquello que pensaba era una quemadura, a causa de un cigarro, era una cara de color negro, muy pequeña, pero sin duda era una cara. Ella, o eso, era lo que hablaba. El corazón me dio un vuelco. La idea era para enloquecer. Parecía escapada de las páginas más macabras de la literatura. Desconcertado por mis perturbadas conjeturas, dudé de mi cordura, dudé de lo que había tomado, dudé del vino, dudé del vaso ¡dudé de todo! “Será un mal reflejo”, pensé, pero en ese mismo instante me estremecí al ver cómo la cara se movía, al mismo tiempo que se me revolvían las tripas. Se me cayó el vaso por el gran estupor, y se dividió en mil fragmentos que reflejaban mi zozobra.

“Ha de ser ese maldito mezcal que tomé la otra vez, seguramente adulterado”, reflexioné buscando una respuesta racional. Es impresionante la cantidad de pretextos que llegan a la mente cuando la realidad se desborda, se hace trizas por acontecimientos inusitados, pero estaba equivocado. Seguramente fue después de la plática con ese tipo misterioso cuando cayó en mí la maldición.

A partir de ese momento el mezquino no me dejaba en paz. Hacía de mi existencia una interminable tortura. No podía escapar de él, estaba adherido a mí, y se había convertido en un apéndice más de mi cuerpo.

Nunca dejaba de hablar, reprochaba todo lo que hacía; siempre estaba en contra de mí. Intenté comentar mi situación con amigos, pero ellos sólo se limitaron a decir que el alcohol finalmente me había torcido, que sólo era un mezquino, una verruga, y que con nitrógeno líquido o ácidos se quitaba. Intenté todos los remedios posibles, pero era inútil, y cada vez iba creciendo más ese grotesco grano facundo.

Conseguí ir a fiestas, pero el mezquino me volvía loco con sus críticas. En las fiestas sólo conseguía hacer desvaríos de los que todo el mundo se burlaba, y por fin sentí pena. Qué indeseable sensación. Caí en la desesperación, y por primera vez protagonicé la comedia del arrepentimiento.

El mezquino no conseguía impedirme cometer bajezas, pero me imposibilitaba degustarlas con su suplicio verbal y mental. Por lo tanto ya no disfrutaba de nada, y trataba de medir cautelosamente mis actos por el temor a los efectos: sus hirientes réplicas.

Me sumergí en tristes reflexiones acerca de mi vida, y llegué a la conclusión de que la mayoría de ella la había echado a la basura. Ahora que mi verruga funge como una conciencia me doy cuenta de que es ésta quien delimita la libertad, y es un manantial inagotable de donde brota todo sentimiento de culpa, remordimiento y la mayor fuente de escarmientos y penitencias. Pero se tiene que sufrir para enmendar los yerros, ya que en el sufrir y en el arrepentimiento va implícito la comprensión de lo que se ha hecho, y es en ese preciso momento cuando se adquiere clara conciencia del precio de una mala acción.

La fatalidad es quien conduce mi vida desde que está maldición, está conciencia bastarda, se aferró a mí. No sólo reprueba lo que hago y lo que hice, sino también lo que pienso. Es imposible saber cómo lo logra.

En un intento desesperado decidí meter a mi Némesis en un vaso repleto de vodka para ver si se emborrachaba y me entendía; por primera vez quise sentirme comprendido. Cuando lo saqué empezó a recriminarme; sacudió mi ego, sacudió mi autoestima con insultos que jamás esperé que fueran a herirme, hasta llegar a saborear mis lágrimas por primera vez. En ese momento era todo melancolía, y en un arrebato iracundo llevé mi dedo completo a mi boca, y asesté una mordida demoledora.

–¡Ahh! –Estridente grito de dolor retumbo en las paredes, y apreté lo que quedaba de mi dedo para que desistiera la sangre–. Ahí tienes, ¡Hijo de puta! ¡A mí nadie me gobierna!

Empecé a reír frenéticamente asegurándome de haber hecho la acción más acertada de mi vida. Para asegurar que jamás iba a volver a escuchar su tenebrosa voz lo pisé hasta que quedó una masa amorfa, y después me lo comí apresuradamente. No se puede criticar cualquier acción de un hombre sin antes evaluar las circunstancias en que se encontraba; yo estaba en la desesperación total.

Entusiasmado llegué tambaleándome a la cocina. Abrí cuidadosamente una botella de brandy para aguantar el dolor. Enseguida comencé a curarme la herida. Acabé febrilmente con la botella mientras me hacía un torniquete, y me vendaba la mano. Poco tiempo después me desmoroné en el piso de la cocina, y dejé caer la botella vacía. Perdí la noción.

Desperté, no sé cuanto tiempo después, con un sabor áspero en mi boca. El asombro y el terror me paralizaron. Tomé una fatal resolución. En el fondo sabía que ese perverso ser de ningún modo iba ser aniquilado, y que ya no tenía absolución. Ahora no sólo era una verruga la que contaminaba mi cuerpo, sino dos. El par de infelices se situaron en el dedo gordo de mi mano izquierda, y estaba brotando otro en mí nariz, justo entre los ojos.

Ya no he salido de mi casa. Se encuentra en funestas condiciones: la invade un insoportable tufo a animal enfermo y está teñida de color carmesí provocado por mi propia sangre. Me encuentro desnudo y solo. No puedo pedir ayuda a nadie, ya no me siento en posesión de mi personalidad; los mezquinos se propagaron por todo mi cuerpo. Es imposible no escucharlos, impensable ignorarlos. Ya no puedo ni perderme en la inconciencia del alcohol, he acabado con todo el que tenía en mi casa, y no estoy dispuesto a salir…

 

M.Mont, Atizapán de Zaragoza, Estado de México, mayo del 2007

 

 

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