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La ciudad del ceño fruncido M. Mont

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Bajo un poco el periódico, inclino la cabeza y el destello de una piel cobriza de una mujer rememora a mis coterráneos. Ella se sienta con la ligereza y la despreocupación de quien llega puntual a una cita. Sus movimientos denotan la confianza de quien se siente en sus dominios. La ropa que porta es ligera, de alguien que después de tanto tiempo se ha aclimatado al frío lacerante del sur. Su belleza es saludable, natural, sin una mota de maquillaje en su rostro. No puedo quitarle la vista de encima. Tiene frente amplia, ojos saltones, nariz chata, dientes y boca grande, la barbilla reducida, pelo largo color café, amarrado con una coleta y peinado con un copete ladeado a la derecha. Todo ello armonizado, estilizado logrando una belleza exótica.

¿Cuánto tiempo llevara aquí? ¿Por qué habrá migrado a esta nación? ¿Estará casada? ¿A qué se dedicará? ¿Sera feliz?

Se acerca el mesero a su mesa. Lo recibe con una sonrisa tan larga, como el país que la hospeda. Con tono musical y amabilidad azteca ordena un té, como quien pide un chocolate.

Ella tan bella, yo, en cambio, me empujo este café que altera aún más mis nervios y no sirve de nada para aminorar esta resaca que me está matando. ¿A qué vine? La pregunta surgió en La Paz.  Sí, fue en el mal de altura de la ciudad de La Paz donde desenterré su cadáver que creí olvidado, donde reviví recuerdos que creí haberles dado sepultura. Ha sido un largo viaje acosado por el fantasma de su pasado; seis mil kilómetros aéreos, tres mil terrestres, entre teleféricos, camiones y trenes no para presenciar un torneo de fútbol, no para el fogueo internacional, sino  para lucir una resaca interminable.

Noto como se consume su paciencia y su sonrisa se va contrayendo. Mira constantemente su celular, para ver la hora y esperar un mensaje o llamada que explique el retraso de su pareja. Unta mantequilla en un trozo de pan para que la sensación de tener algo en el estómago le dé un poco de aguante a su paciencia. Cruza las piernas, aprietas los labios y, de pronto, frunce el ceño.

Doblo el periódico, liquido la cuenta con la mano temblorosa. Abandono el café sin saber adónde voy. Caminar me resulta difícil, mi mochila es pesada y el frio tiene ateridas mis articulaciones. Sopla un viento gélido que agita las palmeras de la Plaza de Armas de Santiago. Siento la garra de la nostalgia, por El Caballito de Tolsa, al ver la estatua ecuestre de Pedro de Valdivia, cuyos migrantes peruanos lo toman de punto reunión, con sus cejas inclinadas por el rencor arraigado en estas tierras.

Siempre fui un hombre de ideas fijas y de corazón con residencia itinerante. Nunca le guardé lealtades a mujeres desde la primera traición que sufrí. ¡Pero me saliste al paso! ¿Cómo fue que nos conocimos justo al final de la carrera después de cursarla durante cinco años? ¿Qué resortes mueven la voluntad del corazón? ¿Por qué nos enamoramos de ciertas personas y no de otras? ¿Cómo fue que tú y yo consumamos una relación? ¡Éramos tan diferentes! Tú una niña regañada de casa y yo un niño mimado de calle.

El Paseo Ahumada se parece tanto a la calle Madero que se me antoja una comida callejera. Me compro un vaso de mote con huesillos. Me pierdo entre las calles. Mientras mastico el durazno y jalo el trigo con la cuchara, unas prostitutas colombianas me tiran piropos para rentar su servicio.

Lo raro no fue habernos conocido y hacernos amigos, lo raro fue que nos hiciéramos novios y lo milagroso fue que hayamos durado tanto tiempo. Nuestro noviazgo fue una representación surrealista cimentada en nuestros sueños truncados, el tuyo académico, el mío literario y sobre todo por tu condición de hija relegada que quiere  tener la autoridad tiránica, al igual que su madre, y mi condición de niño eterno que requiere protección y corrección maternal.

Cruzo la avenida sin precaución, extraviado en mis cavilaciones. Un carabinero me mira con recelo, con el ceño adusto desde la patrulla. Estoy entre la boca del Metro de la estación Cal y Canto y las puertas del bar La Piojera, el Palacio Popular. Mi ambición por sanar la resaca hace flaquear  mis propósitos de sobriedad y entro al bar. Un ambiente relajado se transpira en el lugar. Con voz decidida le pido una cerveza al cantinero.

–¿De dónde eres, loco? –Me pregunta el cantinero colombiano con voz arisca al escuchar mi acento extranjero.

–México, señor.

–¿Y cuándo te vas? Me pregunta otro cantinero, que parece ser el jefe, con el entrecejo arrugado como si el tiempo de estancia en su país condicionara la calidad de su servicio.

Había recorrido cuatro países. En todos ellos me parecía que el pasaporte mexicano además de ser un requisito para traspasar fronteras, tenía la virtud de abrir corazones, excepto aquí. Desde el inicio el agente de migración me retuvo el pasaporte en la aduana al ver las pésimas condiciones en las que me encontraba, pero que quería después de viajar por un mes en calidad de hippie.

El cantinero nota mi temblor. Posa su mirada en mis bolsas oculares. Me recomienda una coctel multicolor llamada Terremoto. Con prisa vibrante acabó con la bebida de un latigazo y ordeno otra bebida igual.

–Está bacán, ¿verdad?, pero tranquilo, mi amigo, no queremos sacarte cargando, no se te va a escapar el vaso…

¡Escapar! ¡Escapar! ¡Escapar! Ante el dolor del fin de la relación hicimos la promesa, con la voz descompuesta por el llanto, de no entablar una relación en seis meses. ¡Mentiste! En ese momento ya había otro hombre en tu vida. Sus mejores recursos garantizaban realizar tu mayor deseo: huir de la opresión de tu madre. No te me voy a escapar. ¡No te me voy a escapar! Repetías. Y ahora estás en el país del filo del mundo a casi siete mil kilómetros de distancia.

El cóctel de inmediato hace efecto. No cura mi resaca, activa mi embriaguez. Todo da vueltas. Las voces se mezclan con sonidos familiares como si estuviera una cantina de México. Me sirven otro terremoto y con movimientos erráticos me siento en una mesa contigua que está ocupada  por dos viejos. Empiezan a vociferar cosas. Me hablan sin parar de cosas inteligibles. No comprendo ni una palabra de lo que me dicen.

–¿Qué? –Pregunto con tono alto.

–¿Qué cómo llegaste a esta gruta de cuervos, weón?

Acomodo mis ideas para intentar explicarles. Interrumpo mis palabras justo antes de salir de mi boca. Hago una mueca de extrañeza, alzo los hombros y le doy un fuerte sorbo a mi bebida. Ellos sonríen. Empezamos a platicar sin entendernos. Cada uno con un tema diferente. Ellos, me parece, hablan de futbol. Yo les pregunto cuál es la estación de Metro más cercana al aeropuerto. Me invitan una empanada. Al masticarla veo fijamente una figura de cerdo tallada en madera, que se en los estantes detrás de la barra, y me pierdo en sus redondeces.

Supuse, me embarcaba en aguas tranquilas con destino a playas paradisiacas, por tu comportamiento antes del noviazgo. Estaba equivocado; no tardamos en zozobrar. Para ti amar es transgredir. Tu fascinante personalidad se fue desmembrando. Me dejé arrastrar por la corriente y zarandear por la tempestad de tu temperamento en la relación. Tuvimos un noviazgo inseparable de tiempo completo, no con las sobras del día; muéganos  posesivos,  enfermizos, donde el apego es tan cercano que no hay fisuras para familiares o amigos.

Siento un punzada en mi vejiga. Me levanto lentamente para disimular mi embriaguez, pero trastabillo al iniciar mi viaje al baño, doy un giro y me sostengo del viejo de la mesa. El me sujeta y me dice entre risas.

–¡Con cuidado, weón, que nos vamos a venir abajo los dos!

Creo que la relación se vino abajo cuando nos empezamos a querer. De manera inmadura había surgido entre nosotros ese cariño que perdona todo tipo de agravios con tal de no separarse. Me acostumbre a tus insultos, me acostumbre a tu indolencia. Llego un momento en que todo eran reclamos. Cuando nuestra relación brillo fue en el pasado circunstancial, en el futuro de ficción, pero nunca en el presente donde el aire mutuo se convirtió irrespirable. Los momentos sanos fueron por tu voluntad, por tu voracidad, por mi cobardía y mi agotamiento al ceder en tus caprichos.

Llego al baño zigzagueando. En la fila para entrar al retrete el tipo que me antecede me pregunta:

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–¿Sí eres mexicano?

Le contesto agitando la cabeza.

–Si; lo escuché en la barra. Yo admiro mucho a Chespirito, ¿sabes? Me entristecí cuando murió. Aún recuerdo el título de los periódicos. “América Latina está de luto: fallece Roberto… Roberto Gómez Bolaños”

Termina la oración. Me ve con una mirada suplicante.

–Weón, no lo tomes a mal, pero no tendrás una moneda de tu país que me regales. Es que las colecciono.

Esculco entre mis bolsillos. Encuentro una moneda de 10 pesos y se la entrego.

–¿Y cuánto vale esta wea? –Pregunta mirando la moneda.

–Más de un dólar.

–¿En serio? ¡Gracias, weón!

Te mentí. Te mentí porque me sentía asediado, encarcelado en tu antojadiza voluntad. Me preguntabas acerca de mis relaciones sexuales pasadas, escrutando mi valía moral. Mi sinceridad daba vida a la hidra de tus celos que se oponía  a que fuera a fiestas. “¡Sé cómo te pones cuando bebes y sé de lo que eres capaz!”, me reprimías rabiosa. Me intenté sobajar, para que la relación funcionara, pero no lo logré. Mi orgullo endurecido por tu vanidad no me lo permitió. Maquilé una farsa con ayuda de mi madre para que no sospecharas de mi asistencia  a una fiesta a los alrededores de la ciudad. Con el tiempo limitado fuera de tu potestad, tuve urgencia de pecar y tuve sexo, en el asiento trasero de un carro, con una madre soltera que conocí en la fiesta, a la cual el tequila le había embotado su desolación. Cada embestida era romper un eslabón en la cadena de tu apresamiento, cada alarido de ella era un grito de mi libertad. No te lo confesé ni cuando peleábamos. Auguraba que tu espíritu revanchista te obligaría a fraguar una venganza dolorosa en contra de mí, pero aún así lo hiciste.

Miro mi reloj. No falta mucho para el vuelo de regreso. Me despido de los viejos efusivamente. El mesero nota que me pongo la mochila y se despide con movimiento manos. El chico de la moneda me interrumpe el paso.

–¿Ya te vas weón?

–Si. Mi vuelo no tarda en salir.

–Yo te llevo en mi carro.

–No, no, gracias. Tengo… Tengo… –dudo en que pretexto decirle–, tengo que ir al hostal por otros amigos. –Resuelvo con rapidez y el tipo se despide con un sincero abrazo.

Te tuve desconfianza a partir de que te sorprendí escribiendo un mensaje en tu celular, donde concertabas una cita con un pendejo que te prometía un mejor trabajo. No te reclamé; me entristecí. De nada servía discutir, siempre terminabas sermoneándome y jamás reculabas, aunque fueran obvios tus errores. Ahora creo que todo fue por miedo. No podía expresar lo que sentía. Siempre te encontrabas en una condición volátil, en un estado inflamable. Un comentario apurado o tardío,  una palabra mal atinada, una mirada desviada, un gesto a destiempo era suficiente para que estallaras, o, en el mejor de los casos, te quedaras callada con el entrecejo arrugado y los brazos cruzados con tu vibra de desencanto contaminando todo el lugar. 

Pienso que el aire gélido de la tarde detonará aún más mi borrachera. Siento, en cambio, que al respirar aire fresco mi semblante se va recomponiendo. Mis tripas chillan de hambre y en la esquina atisbo un carro de comida itinerante. Una señora corpulenta atiende el puesto con la ayuda de su pequeño hijo. Pido una orden de una especia de gorditas llamadas sopaipilla. Pago al recibir la comida y echo a correr.

­–¡Lolo! –Grita la señora y extiende el billete– Regresa por tu cambio. ¡Te dije dos lucas, no 20! –Su niño lanza una pequeña sonrisa y mueve la cabeza en forma de desaprobación.

–¡Gracias! –Le froto la cabeza al niño al darme mi cambio.

No podía comprender como después de querer a un hijo, el cual evitamos con la pastilla del día después, todo se haya acabado con los análisis del VPH. No me dolió cuando metieron un hisopo gigantesco por la pequeña ranura de mi pene; no me dio pena cuando el grito que emití fue tan duro que la proctóloga y su séquito de practicantes no pudieron contenerse las risas; lo que me destrozó el corazón fue que al entregarte los resultado negativos de los estudios tu  únicamente dijeras: “Ah, entonces ya sé quién tuvo la culpa”, con todo con lo ese comentario conllevaba. Ahí se acabó todo, absolutamente todo.

De nuevo paso por la Plaza de Armas. Un operativo de seguridad hace que carabineros, en grandes camiones blindados, cerquen la plaza. Se respira un ambiente tenso. El ligero viento del atardecer mueve los árboles de palmas y el espino. Un perro callejero toma agua de la fuente. Cierro mis ojos y lleno de aire mis pulmones. El viento de nuevo agita las palmas.

Vuelvo a pasar por el café donde leí el periódico y lo que veo me embarga el corazón. Ella todavía esperaba a su pareja. El té se había congelado, el pan se había vuelto duro y ella, por fin, había desarrugado el ceño y derramado unas lágrimas.

¿Quién soy yo para dejarte plantado? ¿Quién soy para viajar casi 7000 kilómetros con el pretexto de adquirir experiencia cosmopolita, cuando en realidad quería explicaciones de alguien que me abandonó por su jefe? La soledad se mide por el tiempo que aguantas en la espera de alguien. Villoro tiene razón, los mexicanos somos malos migrantes y todo se dificulta en un país tan frío y en ocasiones hostil. Tu sana y dulce lejanía resultó una tortura, en esas noches en que no puedes pegar los ojos por la gélida soledad, por la aspereza social de quien te rodea, por el hielo de la nostalgia recorriendo tu espalda.

¿Por qué te fuiste? ¿Tanto repudiabas a tu madre, o tanto amabas a él? Aunque huiste como una fugitiva de la mano de él creo que tu autoexilio fue por la dictadura de la creadora de tus días y de tus tormentos. Sabía que tu orgullo desmedido y mi desasosiego desde que te fuiste, esta ansiosa búsqueda de respuestas que se me metió en medio de los huesos, nos harían llegar muy lejos: hasta el país del fin del mundo. Me hubiera encantado verte, que me recibieras con un abrazo, yo con tequila y tamales, después caminar por el barrió Bellavista, tomar un Terremoto en La Piojera, degustar una cerveza en alguna terraza de Valparaíso y visitar la Valenciana. Pero de nada sirve remediar algo que ya se ha descompuesto por su muerte. ¿De qué servía abrir la tumba y abrazar el cadáver?

Y sin embargo te vi. Prefiero que llores tú y no yo. Yo ya lo hice demasiado. Todos mis recuerdos se agitaron con tanta fuerza en mi mente que alteraron mis emociones. La carne se disuelve, los huesos no. El saco de huesos que llevaba conmigo desde que supe que estabas aquí se convirtió en un ataúd insoportable y sabía que nada había cambiado, que nada cambiaría: Tú, tan hermosa como siempre, volverás a la ceguera de la vanidad en un país que detestas, a saciar tu ambición de ser cada día más extranjera y yo regresaré a México  a lamer mis heridas y a  rumiar mis lamentos.

M.Mont

MGID
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