Entretenimiento

Un muerto –el adinerado Aristides Leónides–, una escena del crimen –su dormitorio–, un arma homicida –veneno suministrado como si fuera insulina– y una decena de sospechosos –la familia de la víctima– son las piezas que conforman La casa torcida, adaptación de la novela homónima de Agatha Christie y, como aquella, un juego para el espectador, que se une al detective Charles Hayward en la tarea de descubrir la identidad del asesino.

Con una gran mansión como escenario principal e incluso una niñera entre los personajes, el filme no podría parecerse más a una partida de Cluedo, el famoso juego de mesa que vio la luz a mediados del siglo XX, en plena moda de las novelas de misterio y con el éxito de Christie ya consolidado. Curiosamente, el vínculo es aún mayor, ya que tan to el Cluedo como La casa torcida vieron la luz en 1949. La trama tiene el atractivo habitual de este tipo de historias, que se alimentan de la curiosidad creciente del espectador, que necesita saber quién es el culpable. Todos tienen un móvil y ninguno una buena coartada, así que el reto está servido. Aunque el desarrollo no es especialmente brillante y llega incluso a hacerse un poco lento hacia la mitad del metraje, tal vez por su puesta en escena algo teatral, posee los giros suficientes como para mantener (o, llegado el caso, recuperar) el interés por las maquinaciones de la familia Leónides. Mucha menos gracia tendrá, claro, para los que hayan leído el libro, puesto que la adaptación es muy fiel al mismo, incluso en las inesperadas e impactantes revelaciones finales.

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